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EL SAHARA QUE YO VÍ

El Sahara, la tierra más yerma del mundo.

Un viaje al pasado.

Un reducto de viejas costumbres: la deuda de sangre, la esclavitud y el mal de ojos...

Desde Agadez, en Níger, sobre las montañas del Aire, al oasis argelino de Timimun, el valle de Ghardaia y sus ciudades santas, el increíble macizo de las Torres del Hoggar y Tamanrasset en Argelia; del Sahara atlántico hasta el Tibesti de los tubues, en Libia.
El desierto del Sahara tiene ocho millones de kilómetros cuadrados. Las lluvias son irregulares y las escasas tormentas muy violentas, la evaporación es intensa y no hay ríos, exceptuando el Níger y el Nilo. Vientos calientes cargados de polvo. Los oasis, como Timimun, obtienen el agua de su subsuelo, o en increíbles conducciones, sustentando los palmerales y con ellos los dátiles, verdadero alimento del desierto.
 
Los tuareg
 
Los pobladores del Sahara central son los <tuareg> raza de origen bereber, antiguos guerreros y pastores nómadas, que desde tiempos pasado conducían caravanas cruzando el desierto. El grupo más grande de esos nómadas bereberes son los <tamashed>, descendientes de los <sanhaja> que poseían las minas de del Sahara central y cobraban impuestos a quiénes pasaban por sus territorios, es decir los <tuareg>.
Los <tuareg> conocidos también como los hombres azules, denominación que también se otorga a otras etnias del Sahara Atlántico (Erguibat, Ulad Delim, Arosien, Ulad Tridarin, Ait Lahsen, Izarquien...), constituyen una sociedad con castas: nobles, vasallos y esclavos (iklan, o abid, descendientes de negros apresados entre las poblaciones del Sahel) sacerdotes vagabundos y herreros o aratines, que siempre han mantenido una cierta vida sedentaria trabajando el hierro, pero fundamentalmente el latón y la plata, afilando espadas o siendo artesanos de adornos, como las célebres cruces <tuareg> de plata fundida.
La esclavitud, institución abolida, persiste como servidumbre vitalicia y los criados pertenecen a la familia y al suelo que nunca abandonan. En cualquier caso los negros esclavos de ayer son ahora también <tuareg>, aunque sigan realizando los trabajos más duros: sacar el agua de los pozos, o mantener limpias y funcionando las múltiples acequias que llevan el precioso elemento del agua a los oasis y a los campos de cereales.
Tradicionalmente es la sal, el único y verdadero producto y mercancía del Sahara. Valor seguro. El valioso mineral se extrae a golpes de pico en las minas, o en zonas de depósito salinos (hoyas en la tierra que se llenan de agua que disuelve la sal). Del macizo montañoso del Hoggar salían, con destino al Sudán (país de búfalos y suministrador de carne) millares de toneladas de sal en miles de camellos.
Antes el Sahara era un inmenso territorio abandonado en el que no existían fronteras. La ocupación del Sahara por Francia, significó que años después fuese dividido entre diferentes países: Argelia, Mali, Mauritania, Libia, Níger...Ello supuso la pérdida de libertad de los <turareg> los nómadas del desierto y la pérdida también de su independencia.
 
El oasis de Timimun
 
A los pies del gran Erg Occidental está el famoso oasis de Timimun, en donde el sistema de pequeños canales de agua subterráneos, denominados <foggara> cuando surgen a la superficie, traen del subsuelo los recursos hídricos necesarios para la subsistencia del oasis. Timimun es un lugar precioso, de arquitectura sudanesa, basado principalmente en la arcilla roja que le da un carácter muy peculiar a sus casas. El pueblo está construido sobre un lugar elevado desde donde existe una amplia vista sobre un antiguo lago salado y las dunas que dominan los alrededores. La vieja ciudad es un laberinto de calles estrechas llenas del misterio que acompaña la luz y las sombras. El palmeral es un lugar que debe ser recorrido por el viajero, ya que además de ser un sitio fresco y aireado, es de una sorprendente belleza al atardecer.
 
 
Ghardaia y el Valle de los Mozábitas
 
En Ghardaia, unos 260 kilómetros al norte de El Golea, comienza el Sahara argelino. Se nota que el paisaje ha ido cambiando. Las llanuras son en principio de piedras de pizarras y brillan al sol dando la sensación de recorrer las aguas de mar, pero es un mar de arena. El viento arrastra la tierra, y mucho más la arena ligera de las dunas próximas: <vent du sable>, invadiendo la carretera que en estos últimos años se ha ido asfaltando y mejorando mucho.
 
Ghardaia es la ciudad principal de este valle de ciudades del pasado, conjunto del llamado valle de M`Za que fue declarado Parque de la Humanidad en 1982. Los mozabitas son una secta islámica puritana; que fue corriente principal en el siglo XI, y ha ido adquiriendo su <conservadurismo> un carácter diferenciador. Las cinco poblaciones que forman este valle son : Ghardaia, Beni-Isguen, Bou Noura, Melika y El Ateuf.
En Beni-Isguen no puede vivir ningún <infiel> dentro del recinto ciudadano, ni siquiera pasar una noche (incluyendo a árabes ortodoxos, cristianos y judíos) Estos últimos deben vestir de negro y hasta hace pocos años no podían adquirir tierras y eran considerados <impuros>, no podían ni rozar a otras personas, debiendo pagar al contado en el mercado. A pesar de estas notables discriminaciones la vida en este valle rocoso, preludio del Sahara, es apacible en estas ciudades blancas que se confunden con las colinas, minaretes y palmerales.
Ghardaia es la ciudad más grande y cosmopolita, la capital del Valle, pero es Beni- Isguen la más singular, la llamada <ciudad santa> entre las otras santas, la que cierra sus puertas por la noche para no conceder hospitalidad a los <infieles> y en la que se prohíbe fumar dentro de sus murallas, y no se permite vestir con pantalones cortos, usándose vestimentas decorosas que cubran la carne, tanto para hombres como mujeres, siendo estas últimas las obligadas a llevar la tradicional <burka>, con un solo agujero central para los dos ojos, en el caso de mujeres casadas y con dos agujeros para las solteras. Nadie puede dirigirse a ellas, despejándose la calle de hombres al llegar una mujer. La vieja ciudad es muy interesante para el viajero. El palmeral de esta ciudad es el mejor del valle.
 
De In Salah a Tamanrasset
 
In Salah lleva muchos años invadida por las dunas. Es más que nada un punto geográfico en la historia del Sahara. Un lugar en donde se establecieron las tropas francesas en su accidentado afán colonialista del Africa sahariana. Desde In Salah y desde el Golea partían los destacamentos legionarios franceses camino de Tamanrasset, la ciudad rosa, la ciudad sin palmeras, desolada, y curiosamente bella, atravesando las increíbles montañas del Hoggar: El Garet el Djenum, la montaña de los genios, y pasando cerca de Asekrem.
 
A principios del siglo XX el Sahara era una región vacía. Malí, entonces conocido como el <Sudán francés>, tenía al menos la leyenda de Tombuctú, como ciudad de referencia, pero el enorme desierto bajo la Argelia mediterránea era tierra sin nación. Algunos misioneros habían tratado de cruzar la vasta extensión de yermos rocosos y polvorientos pero nunca regresaron, igual que diferentes oficiales del ejército francés. En 1900 Francia ocupó In Salah y ello hizo posible que se abriese el camino hacia las tierras de los <tuareg>. Se dijo entonces y forma parte de la leyenda, que el teniente Guillo Lohan había atravesado en 1902 las montañas del Hoggar al frente de sus legionarios, viendo la silueta impresionante de sus contornos, regresando muy triste por no haber podido alcanzar la cima del Ilaman, la más bella montaña del desierto. Fue en 1932 cuando los geólogos A. Lombard y R. Pret pudieron explorar y escalar por primera vez alguna de las cimas del Hoggar. En 1935 Frisón Roché, el célebre escritor francés, autor del “Primero de la Cuerda” y “Las Montañas de las Escrituras”, escaló junto al capitán Coche, el Garet el Djenum, la montaña sagrada de los <tuareg>, que se eleva quinientos metros sobre los negros esquistos del suelo, refugio de los genios del desierto.
Los franceses fueron los primeros exploradores del Hoggar (Haggar en tuareg), desde el padre Charles de Foucauld, hasta modernos alpinistas como Lionel Terray o Berardini. Todos trataron de alcanzar las cimas del Hoggar y las expediciones del club alpino francés fueron frecuentes desde los años <50> a la independencia de Argelia.
 
Tamanrasset, el milagro de <Tam>
 
Al sur de las grandes dunas, el Erg occidental y el Erg oriental, se encuentra el milagro de la ciudad de Tam (Tamanrasset) la ciudad rosa, un oasis sin agua y sin palmeras con casi 20.000 habitantes, capital de la inmensa región de 560.000 Kilómetros cuadrados, sede de los <tuareg>, junto a Agadez y las montañas del Air ( Montañas del Aire).
 
Los <tuareg>, caballeros medievales (¿descendientes de cruzados perdidos en el desierto?) cubiertos de elegancia natural con sus velos azules protegiéndose de los malos espíritus que penetran por la nariz y por la boca, disfrazándose de guerreros antiguos en su anónima hospitalidad.
 
El Hoggar es una de las más originales y espectaculares muestras de <chimeneas volcánicas> de la Tierra. Sus conos verticales de duro basalto parecen impresionantes torres fósiles: edificios de roca que se fueron levantando cuando las tierras y las materias de su alrededor erosionaron a través de los siglos, por el aire y el sol, para llenar el horizonte sahariano de provocaciones a la rebeldía, creando refugios de soledad. Así lo entendió Charles de Foucauld a principios del siglo XX, quien como un eremita se dedicó a la contemplación de las montañas, desde la cima de Asekrem, en el corazón del Hoggar, mirando los contornos de los Tesoulaigs, del Tahat, del Ilaman.
 
< Las cimas inflaman el anhelo> <Son el espacio en donde se puede plasmar las aspiraciones y la imaginación>
 
El saludo del desierto
 
-¿Cómo estás? –¿Cómo está tú padre?-¿Y tú madre?- ¿Y el padre de tú padre?-¿Y tus hijos?. El otro contesta y pregunta a su vez por cada uno de los miembros de la familia. Es un saludo con ritmo, sin prisa. Allí, en el interior del desierto, se vive en otro tiempo, se anda al paso del hombre, y el saludo es vivo, auténtico, teniendo su raíz en el linaje. A este van unidos los principios sociales más importantes: la religión, la categoría de cada uno, el derecho... El linaje es el principio de solidaridad más fuerte entre los pobladores del desierto.
 
Los hombres remotos de Bir Shgag
 
Bir Shgag no es un poco famoso. A su alrededor no se ha formado ningún campamento nómada, como en otros conocidos <bir> del Sahara, ya que se encuentra fuera de cualquier ruta. A él solo acuden los pastores. Unas piedras y una pequeña huerta. Junto a ella pastan unos rebaños de cabras y camellos, mientras tres o cuatro hombres están ocupados en sacar agua sin ninguna prisa. Son hombres de aspecto rudo y antiguo, auténticos pobladores del desierto, y el rito sagrado de sacar agua no lo están haciendo para que ningún grupo de turistas les tomen fotografías, como ocurre en las famosas rutas del desierto argelino. Aquí todo es genuino. Los hombres van descalzos luciendo unas piernas desnudas que brillan junto a los gritos que profieren para que los camellos se acerquen o se alejen. Cubren sus cabezas con el <alzam> un turbante negro, y sus miradas sonrientes se dirigen a mí que soy el único extranjero de este inmenso territorio.
        
La polea del pozo es una rama retorcida y seca del árbol que se llama aquí <talja>. El camello va tirando de la cuerda que sujeta el odre de piel de cabra durante unos treinta metros (la profundidad del nivel del agua en el interior del pozo) hasta que llega a la boca del <bir>. Así, odre a odre, para dar de beber 40 o 50 litros a cada camello, y 10 o 15 a cada cabra.
 
Los pastores agradecen mi visita y me invitan a sentarme con ellos en la tierra que arde para comenzar la ceremonia del té. Las pequeñas y famélicas ramas del desierto arden también a mi lado, aumentando la temperatura en una hondonada del terreno en donde el viento no llega. Tomar un té es, como todo en el desierto, muy lento. Primero se va partiendo con un martillo antiguo y sucio el azúcar de pilón, luego el té va de la tetera a los pequeños vasos y de estos nuevamente a la tetera, y así varias veces. -¡En el nombre de Dios!, dice uno de los pastores alzando el vaso antes de acercárselo a los labios. ¡Gracias a Dios!, añade al terminar un sorbo del liquido espumoso y de color sucio. Es este el más pobre de todos los “tés” que he bebido nunca, en países musulmanes, judíos, indios o tibetanos, pero su ceremonial es el más largo y el de mayor significado de todos. Hay que beber tres vasitos. El primero debe ser dulce como el amor, el segundo amargo como la vida, y el tercero suave como la muerte. Es la síntesis simbólica de la vida monótona del poblador del Sahara.
 
En la tumba del santón
 
Es un sencillo monumento hecho de piedras pintadas con cal. La tumba de un santón, un hombre prestigioso en vida y con gran influencia social, no solo en lo religioso, si no también como arbitro en los litigios sociales. Todos los de su linaje le rinden gloria y acuden a rezarle y arreglar su tumba, siendo los beneficiarios de su santida.
Un santón en el Sahara, es un hombre al que Alah ha concedido facultades extraordinarias: que se conocen como <baraka>, a unos para curar enfermedades y a otros para guerrear y llevar a su pueblo a la victoria. Junto a la tumba del santón hay otras tumbas más humildes. Todas miran hacia el oriente y sobresalen de la tierra. Los cuerpos muertos son lavados y encajados de costado en una pequeña zanja sobre el árido terreno. Las tumbas de los hombres tienen una piedra clavada a la altura de la cabeza y otra en los pies. Las de las mujeres tienen otra más a la altura del vientre. Tras la tumba del santón suele existir un refugio, una pequeña casa de piedra, en su interior hay alfombrillas y todo lo necesario para hacer el té, y en él se refugian los peregrinos que han realizado un largo viaje para orar ante el santón. Solo el que tiene muchos hijos tendrá muchas oraciones para su recuerdo.
 
La deuda de Sangre
Es la deuda que contrae todo grupo o <cábila>, cuando uno de sus componentes mata a otro que pertenece a otra <cábila>. Hay que pagar por haber ocasionado una muerte y la deuda es de todo el grupo social. Muchas <cábilas> exigen precios muy altos y casi imposibles, como cien camellos, y esta deuda se reparte entre todos los del mismo linaje. Las ofensas se perdonan siempre con sacrificios de sangre de cabras o camellos. Una forma primitiva y feroz de buscar la convivencia en la que como siempre el hombre es el animal más cruel.
-El que mate a otro hombre voluntariamente será prendido y llevado ante el notable de la <cábila> (la Yemaa) y allí deberá elegir a la familia del muerto entre cobrar la <deuda de sangre> o la muerte efectiva del autor.

-El que tocare a la mujer de otro pagará la deuda, es decir la dote.

-El hombre que mate a otro involuntariamente habrá de pagar la <deuda de sangre> a la familia de muerto, pero su vida no estará a merced de ésta.

-El que robe algo deberá pagar cuatro veces el valor del objeto robado.

Estas normas fundamentales corresponden al derecho de los Erguibat, que como todas las tribus del Sahara han tenido y todavía mantienen sus propias normas consuetudinarias.

 Los esclavos negros: los <abid>

Entre los siglos XI al XIX las grandes rutas negreras cruzaban el Sahara en muchas direcciones. Se cambiaban telas, quincallas, arroz, azúcar, plumas de avestruz por esclavos, pero el producto más importante era la sal de las viejas lagunas desecadas: las <sebjas>. Seis losas de sal, a finales del siglo XIX, se cambiaban por una joven negra y bien formada de quince años. Un negro de la misma edad equivalía a cuatro losas de unos ochenta centímetros de largo.
 
Aun hoy, abolida la esclavitud por las leyes de los diversos países que tienen jurisdicción en el inmenso territorio, los esclavos nacen en las mismas <jaimas> de sus amos. Son parte de la familia y entre ellos existe un clima cordial, aunque las labores del pastoreo, de la extracción del agua de los <bir> y otros trabajos duros los llevan a la práctica estos trabajadores perpetuos.
 
El <Mal de ojo>
 
La magia y la hechicería están arraigadas en el desierto, traídas en tiempos pasados por los negros, que son quiénes conservan esta facultad. En mis tiempos de reportero-explorador por el Sahara Atlántico me contaban como una esclava negra había echado <mal de ojo> a un niño a ella confiado para castigarle. El niño murió y la esclava fue condenada a morir abandonada en el desierto. Esa fue la decisión de la <chemaa> de su <cábila> con arreglo a la justicia cheránica, aplicada en las tribus de los Ulad Delin, que según Bonelli, eran los más temidos de todo el Sahara, con quienes los españoles habían negociado para establecerse en las costas y en las proximidades del territorio conocido como Río de Oro.
 
Clases sociales del Sahara.
 
         -Los religiosos, sabios y guerreros (Chorfa y Arab)
         -Los pastores (Znaga)

         -Los artesanos, majarreros y descendientes de judíos (Malmines)

         -Los libertos (Haratines)
         -Los esclavos (abid)
 
Antes cada tribu era una unidad social, con jefe, asamblea y normas consuetudinarias propias, una especie de pequeñísimo estado. Ante grandes peligros exteriores las tribus del desierto se unían.
La pertenencia a un mismo linaje produce una honda vinculación.
El camello es el medio animal esencial en la vida del desierto proporcionando leche, carne, piel, así como el transporte. La cabra da leche y carne. La alimentación es sobria. Harina de cebada mezclada con grasa, leche de cara o camella con agua. Cada camello puede llevar unos 400 kilos y pasar semanas sin beber. Se alimenta de las matas y yerbas que encuentra.


 
César Pérez de Tudela Escalando
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