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EXPEDICIÓNES A BORNEO Y NUEVA GUINEA Iª PARTE

A veces la vida nos trata bien, y entonces podemos alcanzar nuestra propia intransigencia y superar esos objetivos fijados que son siempre ensueños románticos en busca de la utopía. Esto ha sido la expedición a Borneo y Nueva Guinea. ¿Quién me hubiera dicho que podría culminar en un rotundo éxito?

VUELO EN PARAPENTE DESDE LA CIMA DEL VOLCÁN KINBALU.INDÍGENAS ARBORÍCOLAS Y ANTROPÓFAGOS.

En estos últimos treinta años he tenido algunos triunfos y varios fracasos rotundos. Pero también es cierto, que tanto en un caso como en otro, los mensajes de vida que mis expediciones han suscitado, despiertan cierta emoción en esta escéptica sociedad tan necesitada de peripecias, singularidad y al fin de « humanismos ».

Esta es la primera crónica de la historia de una utopía, en la que se entremezclan la geografía exótica, el alpinismo, la historia natural, el deporte, y las conjeturas metafísicas de esta vida espléndida, que algunos afortunados sobrellevamos en el mismo filo de la supervivencia.

La expedición tenía dos objetivos perfectamente delimitados: uno deportivo que se proponía escalar la cima más alta de la isla de Borneo, rodeada de selvas impenetrables y descender de ella volando en «parapente», si las condiciones orográficas, climáticas y de otro tipo lo permitieran.

El otro compromiso se encuadraba en la lejana isla de Nueva Guinea, en donde se situaba la existencia de tribus indígenas en estado de primitivismo animal.

Esta crónica es, por tanto, la historia de estas dos aventuras periodístico - deportivas.

Me gusta estar en el aire y vivir los momentos apasionantes sobre la vulgaridad de los llanos. Mis desvelos por mantener una vida espléndida en realizaciones me introdujeron en los aviones «ultraligeros» y un poco antes en el descubrimiento de este ingenio espectacular que es el vuelo en parapente.
Aprendí a volar sin método en los primeros balbuceos de esta vida "pendiente de los hilos de un ala de tela " y a veces me resisto a captar los movimientos precisos, que otros más jóvenes efectúan con destreza. No obstante siempre agradeceré a mis amigos, los hermanos Bielsa del Valle de Benasque, su enseñanza, con ese trato afable de montañeses.

La vida para algunos como yo es ir coleccionando « grandes momentos », para enriquecer la conciencia y valorar la « metafísica » de la existencia.

La vida para mí son los grandes espacios, divulgando los caminos altos y tratando de comunicar a otros estas grandes experiencias, mostrando que la vida puede llegar a ser un « lujo de la existencia »
Tengo como " parapentista " defectos propios de un principiante, que dudo si podré superar, a pesar de haber efectuado más de trescientos vuelos, muchos en desaconsejables circunstancias, siendo consciente de que mi ilusión es algunas veces torpe y peligrosa. Mi técnica deficiente y mi relativo valor, reiteradamente probado, constituye un bagaje insuficiente para poder alcanzar mis ambiciosos proyectos.

El motivo de la Expedición « OLD SPICE 95 » y su principal finalidad era alcanzar la cima de la montaña más alta del sudeste asiático. Con la mentalidad añadida de alguien que vuela, cuando el valor le alcanza y sabe valorar las condiciones favorables, pensé descender la misteriosa montaña. Me acompañaba Vicente Martínez, un especialista en selvas tropicales estudioso de las etnias primitivas.

Enseguida Jorge Alfaro, buen conocedor del parapente, se apresuró también a formar parte de la expedición. He de decir que su compañía fue, junto a la de Vicente Martínez, esencial para poder concluir con éxito una idea, que bien parecía una utopía. Sin ellos hubiera estado fuera de mis posibilidades. Y lo escribo sabiendo bien que tantas otras veces, años atrás, supe alzarme sobre montañas lejanas y difíciles en aventuras solitarias.

A ambos les dedicó el éxito, y el relato improvisado de la "aventura " de volar desde la cima del Kinabalu.

A mediados de Septiembre de 1995 el presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, había entregado gentilmente a la expedición “Old Spice Selvas de Borneo” la bandera de Madrid, después de un breve discurso en el salón Canalejas del Palacio de la Puerta del Sol, en el que añorando sus tiempos de paracaidista, nos deseaba a los expedicionarios que regresáramos con los objetivos cumplidos. Yo tuve que improvisar unas palabras de respuesta, en la que no oculté los temores del fracaso.

Madrid - Roma - Dubait - Kuala Lumpur - Kota Kinabalu.

Un largo viaje en el que el cruce de los meridianos geográficos contribuye a aumentar el cansancio y a crear más confusión sobre la relatividad del tiempo. Allí en el oriente de la vida, habíamos retrasado más de ocho horas la existencia.

Kota Kinabalu es la capital de la región de Sabah, una ciudad a orillas del mar de China, ganada a la selva y a los pantanos, moderna y acogedora, rodeada de barrios en los que todavía los palafitos son viviendas, y en la cual se puede visitar la casa de algún viejo guerrero que mantiene su colección de « cabezas cortadas al enemigo » en permanente exposición junto a sus armas y vestimentas.

En una céntrica plaza, bajo unos toldos que paraban malamente la lluvia, nos sentamos a cenar los manjares que nos ofrecían: ranas negras, pequeñas tortugas, y otras criaturas sin nombre, igualmente deleznables, que esperaban a ser sacrificadas al gusto de los viajeros. Nosotros, gente muy sencilla, nos contentamos con unas sopas de verduras y arroz.

Borneo es una enorme isla, la mayor después de Groenlandia y Nueva Guinea, que forma parte de Malasia e Indonesia. Todavía, en las antiguas geografías, se la conoce como parte de las famosas islas de la Sonda o Insulandia.

Allí en Sabah, cerca del mar, en el norte de la grandiosa isla selvática, está ese punto geofísico por encima de los 4.000 metros, que constituye una misteriosa montaña rodeada de profundos desfiladeros, vertiginosas aristas y cubierta de bosques impenetrables, en donde se conocen más de mil orquídeas diferentes.
Se sabía que el Kinabalu - Akina balu - era una montaña granítica y que allá arriba, una vez superado el extenso zócalo de bosques virgenes, emergía un fantástico « océano » de cimas verticales, con perfiladas agujas de piedra, contrastando con las profundas selvas, refugio de los orangutanes rojos, grandes plantas carnívoras y todo tipo de serpientes.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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