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EXPEDICIÓNES A BORNEO Y NUEVA GUINEA IIª PARTE

El Monte es impresionante, elevándose bruscamente sobre los 1.200 metros circundantes, en abruptas rocas rodeadas de nubes, junto a las viejas leyendas que protegen y enmarcan esta naturaleza fastuosa verde y roja por las orquídeas.

LA ESCALADA DEL VOLCÁN KINABALU

Rodeando la montaña por el norte, se recorre una profunda vertiente muy cortada, en donde se sitúa el famoso « Lows Gully » escenario de las odiseas de un comando británico que fue rescatado por helicópteros del ejército malayo, tras varios días de tragedia.

Mi expedición había llegado a Borneo precedida por una fama exagerada. Se había anunciado a un famoso alpinista, acompañado de uno de los más expertos parapentistas de Europa - debía referirse a mi compañero Alfaro- , porqué el que este artículo escribe, un explorador de nuevos horizontes, sabía que si bien podría alzarse sobre la cima, sentía una intensa incertidumbre ante la idea de descender volando.

Mis compañeros miraban la montaña con expectación y curiosidad, mientras yo era víctima de ese temeroso compromiso de bajar colgado de la ingeniosa tela.
- Volaremos desde lo alto de la montaña, si lo vemos posible y los vientos nos son favorables - había repetido muchas veces.

Las autoridades de Malasia eran plenamente responsables del riesgo que comportaba el proyecto y nos exigieron la presentación de credenciales, licencias de vuelo y plan de acción. Deberíamos avisar por radio para que los helicópteros estuvieran alertados, prometiendo intervenir si fuera necesario.

Con la responsabilidad a cuestas, cargada también sobre las mochilas, empezamos la ascensión por la espectacular montaña, cuya cima es objeto de veneración, siendo muchos naturales de Borneo, los que emprenden la singular aventura como peregrinación y penitencia.

"La vida se ve mejor desde lo alto "

Nuestra expedición llevaba muchos kilos de peso, añadiendo al material de montaña, las velas y las sillas de varios parapentes. Por ello tuvimos que contratar cinco porteadores nativos. Entre ellos había dos pequeñas mujeres de delicadas siluetas que se cargaron los fardos más pesados. Llovía torrencialmente en las primeras rampas de la ascensión, sobre profundos barrancos, caminando por unos senderos abiertos en los bosques tropicales, impenetrables hasta para la luz solar por la altura y la densidad de la selva.

A las cinco horas de ascensión estábamos mojados totalmente, mirando con admiración a las mujeres que soportaban las pesadas cargas, y que al contemplarlas no podía ocultar mi admiración por su voluntad y su adaptación a la naturaleza, como tantas otras veces me había ocurrido en el Himalaya.

La subida era dura, aunque nunca difícil, evitando los grandes torrentes, mirando la gran pared de roca que culmina en un inmenso "circo" de piedra muy clara.

Yo estaba abrumado por el paisaje. Esta vez la cima no era el único objetivo. Arriba me esperaba el temor si volaba por encima de estos precipicios y de esta selva salvajemente bella, pero también atroz. ¿Si cayéramos en ella? ¿Podríamos sobrevivir? ¿Nos encontrarían?

Tenía el ánimo descompuesto. Uno de nuestros porteadores enfermó abandonando su carga a la intemperie.

Cuando alcanzamos los 3.400 metros del refugio me encontraba torpe y quizás enfermo de miedo. Ni siquiera sabía corresponder a las muestras de admiración que otros montañeros norteamericanos y europeos nos dispensaban. El guía Jhon - un indio malayo - simpático y hablador, contaba a todos los que bajaban exhaustos de la montaña, que nosotros, los de la expedición Old Spice vestidos de rojo, éramos una especie de « superhombres » e íbamos a volar desde la cima.

- ¡Sí el supiera mis desvelos ! -

Cenamos pobremente. Yo me sumergí en un sueño intranquilo, en el que la obsesión continuaba siendo la salida desde la cima, volando y encogiéndome el ánimo, mientras escuchaba la tormenta que rugía incesante toda la noche.

Como siempre el amanecer trajo algo de tranquilidad. Y la contemplación de la fantástica naturaleza y el reencuentro con las rocas equipadas por cuerdas, me devolvió mi destreza.

“A los 3.860 metros está la cabaña denominada Sayat - Sayat Hut. Allí dormiremos esta noche. Mientras proseguimos la ascensión a la cima más alta denominada Lows Peak, cruzando este mar de rocas lisas y blancas, mirando la majestuosidad de las torres Dunkey y el Pico Victoria, en donde se podrían abrir distintas rutas de difícil escalada “

“La cima es siempre lo más alto. Me lo dijo el poeta Muñoz - Quiros,
que me presentó en Ávila, añadiendo:
contentarse con menos es morir prematuramente... “

Desde la cumbre se divisa el mar. Hemos llegado al final. Ya no hay más tierra antes del aire. Y esto comporta una cierta liberación para mi espíritu intransigente. Hacemos fotos con las banderas de la Comunidad de Madrid, estudiamos el viento que suele venir del norte, de las profundidades del Cañón del Gully.

Durante el resto del día observamos la evolución de las nubes, que Jorge estudia con verdadera minuciosidad. Si el sol saliera y calentara la vertiente, podríamos sujetarnos en el aire por encima de este precipicio. Nos enteramos que una expedición de austriacos y otra de franceses intento volar, el año pasado, fracasando ambas por las duras condiciones climáticas.

Con unas velas encendidas sobre el suelo, metidos en el saco de dormir, frente a nuestros cinco porteadores indígenas, conversamos sobre esto o lo otro entreteniendo al sueño. La noche era negra como la selva. Jorge mantenía el optimismo y Vicente estaba contento de cómo estaba resultando la expedición, tan exótica, en la que tantas expectativas se habían despertado, celebrando así su cumpleaños.

Hay que llegar siempre a la cima para aclarar el misterio.

Cenamos un arroz con pescado que resultó incomible, cocinado por las porteadoras malayas, con buena voluntad y pésimo gusto. Viento N.O. y unas pequeñas nubes de convección casi 2.000 metros abajo.
No quiero pensar en el vuelo...

Nos despertó el porteador enfermo que había llegado trayéndonos comida.

“A las dos de la mañana salgo a la oscuridad de la noche. La tormenta se ha retirado y los rayos iluminan las selvas del suroeste casi 3.000 metros abajo: - ¡Hasta allí descenderemos mañana! –
¿Podremos?”



 
César Pérez de Tudela Escalando
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