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EXPEDICIÓNES A BORNEO Y NUEVA GUINEA IIIª PARTE

Hoy es uno de esos días que se presiente grande e intenso. A las 4h. las porteadoras han empezado a cocinar. Vicente se ha levantado después de una noche sin apenas dormir. Jorge prepara su silla de vuelo ante la mirada curiosa y admirada de Jhon, el simpático y eficaz guía que las autoridades nos han designado como coordinador.

EL VUELO DEL KINABALU

Nadie habla y todos estamos absortos en nuestros pensamientos. Encima de la ropa de montaña nos colocamos los « monos de vuelo » como si ya estuviéramos condenados a bajar volando. Todavía es noche cerrada. Dejamos los bultos preparados, las radios en una misma frecuencia, las bengalas de socorro dispuestas...

Cuando salgo del refugio, camino de la alta collada de piedra en donde hemos preparado el posible despegue, Jorge ha instalado ya el acelerador en su parapente. El cielo está cubierto, y el sol intenta tímidamente romper los estrato-cúmulos que lo cubren, esperando que pueda calentar la pared de roca, totalmente mojada y se genere el milagro de la brisa.

No sabemos cómo ha alcanzado la cima un funcionario malayo, enviado por la Dirección de Aviación Civil, para coordinar nuestro vuelo. Pero allí está, al lado de Vicente, que multiplica sus acciones dando a todos instrucciones con la cámara de fotos preparada.

Hemos extendido nuestros parapentes sobre los zócalos de roca mojada, a unos veinte metros del precipicio, que comienza en cuesta.

Miró la zona y pido a Vicente que coloqué a un porteador malayo protegido en una grieta, que pudiera sujetarnos en el último momento, antes de la caída, si el parapente no volase.
Eso me tranquiliza.

Son las 6 horas pasadas. Jorge Alfaro lleva la iniciativa y me dice:
- Voy a intentar hacer un « pre-inflado » -
Se coloca de espaldas. El viento entra bien orientado. Levanta a la primera la enorme vela que se sitúa perfecta sobre su cabeza. Da un paso sobre la roca y sale volando entre la sorpresa y el entusiasmo de todos, que aplaudimos y gritamos de admiración. Jorge se eleva sobre la selva, entre las brumas de la reciente mañana. Vicente le habla por la radio, y Jorge responde que está muy ocupado pilotando, conteniendo ambos su nerviosismo.

Ahora debo ser yo el que salga al aire sin perder estas rachas de viento favorables que pueden cesar en cualquier momento.

Para ello extiendo mi parapente nuevamente sin la minuciosidad que sería aconsejable. No puedo perder ni un segundo. El viento está entrando bien, aunque ligeramente cruzado de la derecha. Nadie me ayuda. Todos están entusiasmados mirando el vuelo de Jorge. Me doy cuenta de la importancia que para mí tienen estos tensos momentos. Mi ala se levanta cuando doy el tirón, resultando sorprendido y quedándome una fracción de segundo sin reflejos, cayendo esta volteada e inerte sobre la piedra. Un poco desalentado y ayudado por los porteadores, que a pesar de su buena voluntad son absolutamente inexpertos en estos menesteres, vuelvo a extender, precipitadamente el parapente sobre la roca, preocupado por las líneas que han quedado ocultas por el «borde de ataque» y que solo compruebo demasiado ligeramente. Doy el tirón sabiendo que la vela no está perfectamente colocada, pero me encuentro sintiendo en la cara el viento suficiente. Digo que nadie me ayude, por temor a que lo hagan mal, y pido a Vicente que esté atento y me asista en el caso de sufrir un arrastre hacia atrás. El tirón ha sido preciso, y noto el ala sobre mi. Doy dos pasos hacia la pendiente que termina en precipicio:

- ¡Bien! ¡Fantástico! ¡Estoy en el aire!

Me deslizo ligeramente a la derecha viendo los poderosos contrafuertes de roca del Pico Sur:

- ¡Qué foto podría hacer!

Pero mi parapente empieza a moverse de forma inquietante, con bruscos zarandeos y alguna tentativa de «abatida frontal» que me crispa los nervios. Miro a mi izquierda y veo allá abajo, sobre la selva, la minúscula plataforma del helipuerto de rescate. Me da la impresión de que he caído mucho y no voy a tener altura suficiente para sobrevolar unas zonas poco pendientes, hasta un lejano contrafuerte de selva que me permitiría sujetarme. Ocupado tratando de pilotar esta nave, con viento meteorológico de atrás, en un sotavento que arrastra las nubes, me siento inclinado a derivar a la izquierda para recuperar altura sobre el profundo barranco. La radio no dice nada y nadie me escucha.

Ahora necesitaría la voz tranquilizadora de mi compañero, que ha pasado antes por estos trances, pero sigo sin tener contestación a mis llamadas. Me resigno a volar siendo yo mi propio conductor, haciendo algunas fotos de mis pies sobre las hondas selvas. Me siento mejor en la silla y me parece que el parapente vuela más. Llevo la mano derecha a mi espalda para tocar el paracaídas de emergencia y ello me proporciona una relativa confianza. Todo va bien. Ahora me doy cuenta de que mi radio ha perdido la frecuencia, que no había bloqueado. Sujetando los frenos con una mano, estoy tratando de marcar nuevamente la frecuencia 142750, pero sin las gafas no veo números tan pequeños.

Vuelo a la derecha del hondo barranco, por encima de una cresta, posiblemente alimentado por la dinámica del viento.

Que increíble es lo que estoy viviendo. Estoy recorriendo muchos kilómetros y allá lejos divisó un terreno verde fuera de los tupidos bosques, próximo a un pequeño poblado. Ese debe ser el sitio para poder tomar tierra.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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