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EXPEDICIÓNES A BORNEO Y NUEVA GUINEA VIª PARTE

Sabemos que al fondo están las montañas, pero no podemos verlas entre la dilatada superficie de selvas. Aun de noche tenemos que soportar una temperatura tan alta y húmeda que nos hace sudar constantemente. La noche ha sido un sopor dentro de la mosquitera, así que cuando llega el amanecer estamos en píe dispuestos a proseguir esta aventura.

LOS RÍOS SON LOS ÚNICOS CAMINOS.

Caminamos hasta los pequeños canales, que comunican esta selva inundada, embarcando en pequeñas piraguas de árbol, hasta el Daeram Kabur, que parece una autopista de aguas marrones: allí están los compañeros indígenas que lucen orgullosos las camisetas de la expedición y nos van a servir de guías en estos territorios desconocidos.

Vamos remontando el cauce de estos ríos, sumidos en la paciencia y la curiosidad, viendo pequeños poblados encima de los árboles y encontrándonos a otras piraguas que salen de los múltiples canales de agua: " caños " preocupados en cazar o pescar lo que estas selvas puedan deparar.

Estamos ya muy cansados y quemados por el sol en tan largo viaje a la intemperie, cuando al atardecer dejamos la gran piragua en un recodo del gran río. En lo alto de la orilla algunos indígenas nos observan curiosamente, como comenzamos a caminar cargados con nuestras mochilas, por una canal embarrado, hasta ya no saber si podremos sacar nuevamente las piernas, materialmente enterradas. El camino se interrumpe por canales de agua y tenemos que subirnos a pequeñas piraguas, hecho que constituye una prueba de destreza y equilibrio. Llegamos en condiciones lamentables a un poblado, planificado por una misión protestando y somos recibidos con cierta expectación: sucios, picados por los mosquitos y enfadados con nosotros mismos.

Sudi, uno de nuestros guías es un tipo extraño, enfermo de malaria, nacido en alguno de estos poblados, había vivido en Merauke y podía servirnos de intérprete. El nos presentó a otro indígena que todos reverenciaban y que nos ayudaría acompañándonos por estas selvas y pantanos.

Con la tienda montada, tras haber cenado una sopa y un poco de arroz, rodeados de gente con « caras negras » en
« cuclillas » tuvimos un curiosa y lenta conversación en la que Sudi, preguntaba una y otra vez al jefe de la aldea, si querría guiarnos hasta una de estas aldeas pérdidas, traduciendo las constantes preguntas de Vicente y mías.
Fue una de esas noches inolvidables hablando de canibalismo. Siempre contesta el « jefe », con naturalidad y sencillez, las numerosas preguntas de nuestra curiosidad.

- Desde que conocí a un misionero no quise volver a comer carne humana. - Sabía que eso no estaba bien -
- Y no quise participar en una cacería a un poblado próximo, como habíamos hecho muchas veces, en el que mataron a un hombre.
- Se trocea y se cocina. El cuerpo se descuartiza.. Los sesos y las vísceras se comen primero..
El perteneció a una aldea de casas en los árboles y podría llevarnos hasta ella.
Preguntamos si será peligroso que nosotros lleguemos allí, y contesta que a nosotros no nos atacaran.
- Es un buen camino - nos dice. Ahora en estos meses no se puede llegar en piragua. Vicente y yo nos miramos sin entender a que llamará « buen camino ». Saldremos al amanecer.

Por si acaso, y para impresionarles un poco, Vicente me insiste en que tiremos una bengala. Una vez hace varios años lo hice en un poblado del Congo, cuando buscaba pigmeos en las selvas del Ituri, y fue un error: la gente se asustó mucho y nos echaron del poblado.

Pero aquí causa buen efecto. La bengala explota e ilumina la oscura noche. Los indígenas están admirados, y el jefe me pide que tire más, a lo que me niego. Ha sido un gesto de poder que a lo mejor era conveniente.

Cuando al día siguiente emprendemos el camino nos damos cuenta de que, naturalmente, no hay camino. Vamos saltando de árbol en árbol, resbalándonos y cayéndonos. Yo estoy enfadado con mi torpeza, y los tres indígenas que nos acompañan nos van ayudando con respetuosa paciencia. En las primeras horas nos encontramos con gentes de salvaje aspecto, desnudos y armados con arcos y flechas que hablan con nuestros aliados mirándonos con lógica curiosidad. El « jefe » no se separa de Vicente, que necesita su apoyo por estos pantanos, en los que la luz del sol no entra, cruzando ríos caudalosos por troncos sumergidos medio metro en el agua. Yo ya no temo mojarme más de lo que estoy, pero lucho para mantenerme en píe y que no se mojen las cámaras fotográficas. Ya estamos ambientados y de lleno insertos en este mundo infernal, y a la vez bello, sujetándonos a las lianas, sucios y picados por decenas de mosquitos. Hace unas horas que el « jefe » profiere unos gritos que parecen más propios de un ave que de un humano: está llamando o « avisando » a los del poblado - todavía invisible - que vamos hacia allá. Nos dice que estamos muy cerca. Eso mismo había dicho hace varias horas, pero nunca llegamos. Le insistimos, otra vez, sí la visita será peligrosa - cuando hemos advertido un gesto de preocupación en su cara - pero repite que nada puede pasar.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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