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EXPEDICIÓNES A BORNEO Y NUEVA GUINEA VIIª PARTE

Los hombres que nos acompañan están un poco « nerviosos » cuando nos señalan unas casas colgadas a quince metros del suelo, plataformas y chozas de madera, sobre los enormes árboles de <sagú>. Vemos cuatro o cinco casas, separadas entre sí por la jungla que sigue igual de salvaje, teniendo que vadear un ancho río cubierto de troncos y vegetación.

INDÍGENAS DESNUDOS VIVIENDO EN LOS ÁRBOLES

En lo alto de una casa se divisa a varios niños que no contestan a nuestros saludos. Yo me dedico a la dura tarea de la fotografía. Es una oportunidad única: el objetivo principal de esta dura expedición. Hemos llegado a una aldea caníbal. Según el mapa del misionero de Yambuike, debemos estar en territorio kombai al oeste de los korowais, y muy al norte de los asmat.

El « jefe » y los otros dos indígenas que nos sirven de introductores, se dirigen a una casa muy grande, levantada sobre tierra firme, con ramas y troncos con vegetación que bien pudiera ser la casa comunal. Dentro están dos mujeres jóvenes y varios hombres totalmente desnudos, con una liana que les sujeta el pene, armados con arcos y flechas muy largas.

Curiosamente no tienen el aspecto de fiereza salvaje de los danis de las montañas, o de otras etnias de esta misma isla de Nueva Guinea. Vicente sigue a nuestro guía principal, procurando saludar a estos personajes de la prehistoria. Yo me dedico tímidamente, sin molestar, a fotografiar este mundo remoto y perdido, que tenemos la suerte de ver por nosotros mismos. La luz es muy mala y el calor insoportable, pero poco a poco vamos cogiendo confianza.

 

P. de Tudela con dos mujeres de etnia Konwai, con collares de dientes de perro en las selvas de Nueva Guinea

Vicente pregunta constantemente, tratando de iniciar una conversación difícil. El jefe del poblado y la mayor parte de los hombres, están fuera, cazando, no sabemos el que, o si han ido de caza a otro poblado.

Lo único de nuestras personas que llama la atención a estas gentes, que jamás vieron la cara de un blanco, con excepción del misionero que mataron - según nos manifiesta nuestro guía principal - son las camisetas rojas que llevamos y una gorra que entregan al hijo del jefe y no quiere devolverla. Hemos traído para él - como presente de buena voluntad - un cuchillo, que llama mucho la atención, en este reino absoluto de la madera, en la que toda su vida está en función de ella, y en la que la misma piedra es casi desconocida.

Cuentan, presionados por las preguntas, que mataron al misionero por que les molestaba. Lo decidió el jefe que ahora está ausente. El fue el que primero disparo su flecha y después los demás. Luego le cortaron la cabeza y las extremidades.

 

 

 

 

 

 

 


Comieron todos, incluidas las mujeres y los niños. A mí me parece curioso lo que están diciendo, y miro las caras de las niñas que son absolutamente normales e incluso de aspecto inocente. Están hablando de cazar y comer con completa naturalidad y sin ninguna conciencia de culpa. Esta es su vida. Depredas o eres depredado. Es la vida primitiva. Dicen que guardan los cráneos de los que cazan enterrados y pedimos que nos enseñen el cráneo del misionero.

Traen limpiándolo de tierra algo de hueso que parece la parte superior de un cráneo, que no resulta espectacular, ni claro para las fotos. Por lo que explican ellos rompen y trocean totalmente la cabeza, a diferencia de los asmat que guardaban los cráneos íntegros, arrancándoles solamente la mandíbula inferior, cuando se trata de enemigos.
Muchas preguntas quedan sin contestación, en estas conversaciones traducidas en lenguas tan diversas, agobiados por el cansancio y el calor. ¿Cuántas veces esta gente habrá soportado el ataque de sus vecinos, con las mismas intenciones con que ellos incursionan en el de los otros? ¿Cual habrá sido su última víctima?

Hace solo ocho años fueron encontradas varias tribus desconocidas en esta misma región. Algunas familias bajan de vez en cuando a la aldea, que los misioneros han establecido, y en la que nosotros pasamos una noche, para ir atrayéndoles con una vida más organizada, e irlos adoctrinando. Nuestro guía es precisamente el <jefe> de esa aldea evangelizadora, suponemos que por delegación misionera, pero parece ser que son muchos los que desprecian esa otra vida, distinta a la que por naturaleza llevaron siempre. La extensa región de selvas, casi impenetrables y normalmente inundada, es extraordinariamente extensa, variando las lenguas de una a otra tribu, aunque tengan un habitat casi idéntico. Las tribus o etnias mantienen una constante tensión entre ellas y aún entre los « clanes » que las forman.

En las proximidades de los ríos Digul, Brazza, Catalina, Eilanden, Dairan Kabur, Dairan Hitam y otros, viven los Mimikan, los Marind, los Arum, además de los Korowais y los konvais y algunas etnias más. La costumbre de cazar a los enemigos vecinos y cortarles la cabeza es común en todos ellos, mostrándose muy resistentes a permitir la penetración de misioneros, funcionarios y patrullas de la policía o ejército, ni siquiera halagándoles con regalos. Muy poco se sabe de sus rudimentarias costumbres que no sean las que nosotros hemos podido ver.

Fascinados por la experiencia vivida y verdaderamente agotados decidimos marcharnos del poblado. Después de tres o cuatro horas de visita, los hombres están siendo poco simpáticos y nada hospitalarios con nosotros y el jefe que nos sirve de enlace nos anima a marcharnos. Aunque es muy tarde también nosotros preferimos alejarnos de este poblado, antes de que regresen los cazadores ausentes, que deben ser los que toman las decisiones.

Y dando tumbos, otra vez vadeando riachuelos, con los píes permanentemente sumergidos en el agua y en el barro, vamos tratando de alejarnos de este remoto poblado, en el que las viejas costumbres -muy próximas a la animalidad de los orígenes - siguen presentes en el siglo XXI.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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