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LA PRIMERA EXPLORACIÓN DEL CRÁTER DEL COTOPAXI Iª PARTE

La Tierra que es nuestro mundo está explorada y el hombre moderno lo conoce todo. La tecnología actual permite cualquier viaje. Se alcanzaron los polos con gloriosas páginas de esfuerzo. Con voluntad y riesgo se llegó hasta la cima más alta de la Tierra. Se atravesaron regiones naturales desconocidas, mares helados, entremezclándose formas de vida y contrastadas costumbres. Nada está alto.

EL NACIMIENTO DE UN DESEO. 1980

Nada está lejos. Nada es remoto. Ninguna forma de vida es extraña al hombre contemporáneo. Y así el misterio, consustancial en la vida del ser humano, parece ya no existir. Sin misterio y aventura el hombre se separa más de su dimensión eterna y la vida pierde gran parte de su sentido. ¿Qué es la vida si no el peregrinaje permanente hacia el misterio? Ideal de fama, afán de gloria. Aparece el caballero renacentista pleno de deseos científicos y deportivos.

Desde hace más de cuarenta años recorro esta Tierra que es nuestra, buscó la montaña más lejana, las costumbres más remotas en los caminos perdidos. Entre mis diversos proyectos pendientes siempre recordaba al volcán Cotopaxi, el altivo cono de hielo de 6.000 metros de altura en el Ecuador. Subí a esa cima a comienzos del año 1972 abriendo una nueva ruta por el lado izquierdo del Yanasacha. Fue una singular realización alpina y deportiva. Desde la cumbre miré a las vecinas selvas orientales de la amazonía, que en aquellos años todavía ofrecían incomparables posibilidades de exploración geográfica. Pero más asombro me produjo dirigir la vista hacia las profundidades del cráter. Las nubes descubrían un espantoso precipicio en donde se mezclaban hielos y vapores con aspecto apocalíptico. Entonces no se sabía su profundidad, ya que nadie había descendido nunca, a pesar de que desde una decena de años antes diversas expediciones deportivas y científicas lo venían intentanto sin éxito.

Pasaron ocho años en los que diferentes expediciones me alejaron del Cotopaxi: montañas del Artico, Himalaya, cordilleras africanas..., pero no hicieron que olvidase el grandioso accidente geográfico que el cráter del volcán representa. Durante estos años, el Cotopaxi, había sido visitado por decenas de equipos que intentaban explorar tan misterioso lugar, entre ellos habría que destacar, por lo cerca que estuvieron del éxito, los equipos de exploración de los Institutos geológicos de Polonia y Checoslovaquia formados por expertos alpinistas y vulcanólogos.

En 1979 el programa “300 millones” de Televisión Española me incluyó como reportero de grandes aventuras en la naturaleza americana. Esta circunstancia me permitió afrontar la organización de una expedición cuyo objetivo fuera la exploración del Cotopaxi. Me acompañaba con funciones de cámara el alpinista Manuel Sanchez Guijarro. El resto del equipo lo formé con andinistas ecuatorianos: Ramiro Navarrete, Belisario Chiriboga, Emil Moran, Mauricio Reinoso, Miltón Moreno y Marcos Serrano contactados por las amigables gestiones del padre jesuita José Ribas del club del colegio San Gabriel de Quito.

Las jornadas previas a la exploración fueron muy tensas para mi; sentía ese especial miedo ante lo desconocido y me preguntaba insistentemente cuales habrían sido las causas por las que otras expediciones habían fracasado. Me veía junto a mis compañeros, en el fondo del grandioso cráter, con una extraña sensación de peligro: los bordes interiores del “Anillo de hielo” del cráter, podrían desprenderse sobre nosotros en cualquier momento, ablandados estos por las fuertes emaciones de gases y las altas columnas de vapor y azufre.. Había pensado durante años llevar allí los medios adecuados: cuerdas de cien metros estáticas, un ligero torno de rescate en pared, que pudiese izarnos en caso de extrema necesidad, caretas antigases y los equipos de filmación.

Cruzamos Liopungo dejando a la izquierda el Rumiñahui y los Illinizas, frente al Antisana y el Chincholagua. Era una preciosa noche estrellada; el cono de hielo del Cotopaxi brillaba en lo alto cuando pisabamos las lavas secas y crujientes de las laderas del volcán en activo más alto de la Tierra. El glaciar se había retirado centenares de metros en esta montaña que durante los últimos diez años había variado de inclinación. El equipo de amigos ecuatorianos se abría paso por el hielo del volcán, en donde apenas penetraban los crampones. Alla arriba, a quinientos metros de altura sobre nosotros, se hallaba la grieta del Yanasacha. En esa primera exploración sólo pretendíamos observar desde los bordes del cráter, la mejor ruta de descenso que se encontrase libre de rebordes y contrafuertes de hielo que pudieran romperse y caer sobre nosotros.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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