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LA PRIMERA EXPLORACIÓN DEL CRÁTER DEL COTOPAX IIª PARTE

Volvimos unos días después a la montaña, cuando las tormentas dejaron libre de nieve los campos de lava. También de noche salimos del refugio Jose Ribas, viendo fulguraciones eléctricas sobre el Rumiñahui. Cruzamos grietas y escalamos los numerosos zócalos helados hasta las próximidades de la cima.

NUEVAMENTE HACIA LA CIMA

El altímetro marcaba 5.975 metros y la presión había bajado extraordinariamente, cuando una tormenta de gran violencia nos envolvió, obligándonos a improvisar un refugio en el precipicio de la pendiente nevada, a golpes de piolet. Las emanaciones de gas, el viento y el frio, junto a las frecuentes descargas eléctricas desanimaron a los jóvenes componentes de mi equipo, quiénes meses anteriores a mi llegada habían vuelto a intentar el descenso al cráter. Diez grados bajo cero. El altímetro seguía marcando la misma altura. Varias horas después el sol comenzaba a verse y la moral de mi equipo se levantó también.

El espectáculo desde el borde del cráter era tan grandioso que se podría calificar de sobrecogedor. Un inmenso agujero cuyo fondo no podía divisarse por la intensidad de las fumarolas, que mezcladas con las nubes entraban y salían de aquél descomunal sumidero negro. Veíamos el “Anillo de hielo”, casi un perfecto circulo blanco, cuya área sería de varios kilómetros y cuyo diámetro alcanzaría los ochocientos metros.

Cráter del volcán Cotopaxi. Explorado por la expedición hispano ecuatoriana dirigida por César P. de Tudela en 1980

Distinguimos entre nieblas el sitio que, en la anterior exploración, habíamos decidido como más conveniente para el descenso: una ligera brecha entre “viseras” de hielo, en el lado opuesto del cráter por dónde intento descender la expedición checo-polaca. Ese atardecer nos fotografiamos en la cima del Cotopaxi, y se realizaron filmaciones del cráter.

Descendímos para acampar fuera de la influencia del volcán, salvaguardados de sus emanaciones intoxicantes. Ello fue la llave del éxito.

Durante la siguiente noche, la niebla cubrió la parte alta del Cotopaxi, nevando abundantemente. Me resigne al fracaso entre el sopor de los sueños y la irrealidad que estabamos viviendo bajo el sonambulismo de la altitud. Pero el amanecer trajó la luz del sol para animarnos. Con una temperatura de quince grados bajo cero preparamos el descenso que iniciamos por una afilada arista hacia el “Anillo de hielo”, dejando a un lado los precipicios rocosos. Descendimos con varios rapeles, observando que por sus lados interiores el “Anillo de hielo“ es una arista hueca, sin duda a causa de las emanaciones de gases y del calor proveniente de la caldera.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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