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CRONICAS IVª PARTE

Nuestro objetivo es alcanzar la cima de alguna de estas montañas todavía desconocidas, además de efectuar algunas exploraciones por estas islas, cuyo interior es absolutamente ignoto. Hace venticinco años viví, aquí precisamente, una de mis aventuras más sobrecogedoras. El Monte Olivía, la cima que preside la Bahía de Ushuaía, y que no tiene nada que envidiar al Cervino, era entonces mi último objetivo, cerrando mi recorrido solitario de la cordillera andina desde la linea del Ecuador a la Antártida.

EL MONTE OLIVIA DE AGOSTINI.

Abrí en esa montaña un nueva ruta de escalada por la pared sur, alcanzándo la cima y cayendo en el descenso más de 300 metros por aquellos precipicios de hielo, que terminaban en un abismo de rocas. Fué tan intensa aquella experiencia, que todavía, no he reflexionado sobre ella suficientemente. Por ello nada más llegar a Ushuaía miro la efigie grandiosa e incomparable del Monte Olivia, a cuya historia estoy unido, por lo menos tanto, como el salesiano Agostini, primer explorador del Sarmiento y del Olivia, en unión esta última escalada de los guias Petigax.

Ushuaía tiene la calle principal llena de comercios, bares y hoteles con recuerdos del " Fín del Mundo ". Ciertamentente desde aquí solo se vá a la Antártida y por ese motivo los viajeros exóticos y las organizaciones turísticas, utilizan este pequeño puerto como la base de sus aventuras. Pero muy pocas expediciones y exploradores conocen de verdad este universo de lagos, selvas y montañas, entre una maraña de canales y glaciares, que constituye - desde hace 25 años, lo repito en libros y conferencias - la gran reserva natural para la aventura deportiva y geográfica.

En cuanto llega el relativo buen tiempo, Ortiz y yo nos dirigimos a la sierra Alvear, a escasos 40 kilómetros de Ushuaía, hacia Río Grande, a la izquierda del Monte Cornú, detrás de las cuerdas del Monte Olivia.

Plantamos dos campamentos en los zócalos boscosos buscando el camino de estas montañas que se divisan perfiladas y cubiertas de glaciares colgados. Para ello atravesamos un río muy ancho y caudaloso, hacia el Lago Fagnano, por un puente natural, formado por centenares de árboles caídos de ambas orillas, en un sorprendente amontonamiento.

El primer día, cerca de la pista de ripio, descubrimos la casa del Gato Curuchet, un argentino que vive en soledad bajo las mismas montañas, rodeado de huesos de ballena, perros esquimales y de un lobo siberiano. Un personaje singular que conoce esta naturaleza bella, viviendo alejado de la ciudad con sus trineos y sus esquís de fondo, con quien contrastamos puntos de vista sobre la aventura y el alpinismo y del que dejamos constancia para quienes quieran visitar estas zonas.

Plantamos nuestro segundo campamento en una « turbera », a la salida de una selva de lengas.

Al día siguiente la ascensión prosigue subiendo lentamente, sorteando los laberintos que los « ñires » retorcidos van creando a los exploradores, que evitan el torrente, por donde es imposible avanzar.

Nos llama la atención el número elevado de castores que habita estas regiones y que se evidencia por sus obras "inteligentes" y "destructoras" como muchas de los hombres. Las selvas frías de estas latitudes están pendientes de sus dientes, que de continuar extendiéndose, y sin depredación suficiente: zorros o pumas - estos últimos no existen en el territorio fueguino y sí en la Patagonia - pueden terminar con vastas extensiones de masa forestal. Sus perfectas "presas" interrumpiendo el curso de los rios y creándo enormes lagunas, en las que establecen sus refugios al amparo de los peligros, y los numerosos bosques de árboles muertos - por inundación y estancamiento de agua - o cortados, son los testimonios claros de su asentamiento en estas tierras, en los que su caza resulta muy dificil. Los castores fueron traídos a Tierra del Fuego, con intereses mercantiles por peleteros norteamericanos.

Dejando abajo lengas, ñires y guindos - los árboles fueguinos - entre laderas muy escarpadas, llegamos a la base de las montañas.

Pronto se convierten en descomunales escombreras de rocas esquistosas negras, por donde subir es muy cansado, al ir cediendo y resbalando las inestables y pendientes pedreras.

" La vida como la cumbre es perdurar en la ilusión y el esfuerzo ".

HACIA LA CIMA DE LA TORRE BLANCA.

Poco a poco llegamos al glaciar que se presenta de repente, muy pendiente, obligándonos a calzarnos los "crampones " para cruzarlo en diagonal, bajo las siluetas negras de unas crestas muy altas, que se entremezclan con las nubes. Estamos abriendo camino, explorando una montaña que era desde la lejanía una torre blanca. Ahora curiosamente parece negra. Solo divisamos el glaciar y unas brechas todavía, muy altas, que deben conducir a otros campos helados.
 Vamos escalando con mucho cuidado, agarrándonos suavemente a esta roca totalmente descompuesta, sin producir desprendimientos, flanqueándo esta vertiente, para encontrar un paso que nos conduzca a los últimos contrafuertes bajo la cima.

Se van divisando varias montañas de dificil acceso, con glaciares de arista, que vierten bloques de hielo por las pendientes rocosas totalmente verticales.

El tiempo no es el más adecuado para explorar un terreno que no conocemos. La tormenta nos ha envuelto en niebla, viento y nieve, desde que empezamos la escalada. Nos orientamos gracias a ese instinto que se va desarrollando con los años en la naturaleza y en las montañas.

Hace mucho frío y sigue nevando cuando nos damos cuenta de que por fín debemos encontrarnos en los últimos campos nevados, próximos a la cima de esta "Torre Blanca de Alvear": una ascensión nueva en este enjambre de montañas.

La cima es el fín de la exploración. Desde ella podemos ir a cualquier parte, pero la tormenta nos impide mirar lo que nos rodea y comprender el paisaje. La cima hoy solo es asegurar la sobrevivencia: tenemos que averiguar por donde será conveniente bajar, evitando los cortados precipicios y las grietas del glaciar.

Otro día volveremos a la isla de Santa Inés para adentrarnos en sus glaciares y llegar a su misteriosa cumbre, si las tormentas fueguinas no nos lo impiden.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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