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ECOLOGIA

La naturaleza toda siempre estará por encima de la capacidad destructora del hombre y solo depende de los altos designios de Dios.

Pero al margen de este aserto rotundo de fe y esperanza querría decir con profundo respeto al humanismo occidental del que somos hijos, que el hombre siempre ha sido mal compañero de la naturaleza. Se erigió en dictador absoluto y se planteó la supervivencia como una lucha contra las selvas, los pantanos - refugio de vida animal - denominando despectivamente alimañas, fieras y animales salvajes a todos los seres vivos que no eran como él.

Conducta actualmente reprochable que no tiene fácil justificación ética y que, por el contrario ha tenido, no obstante, casi completa tolerancia social hasta hace pocas décadas.

Con el advenimiento de los últimos grandes desarrollos tecnológicos, la capacidad de acción de la civilización se multiplica. A partir de entonces - unas cuantas décadas atrás - es cuando comienza a contemplarse el profundo desequilibrio entre el desarrollismo del progreso y la conservación de la naturaleza, con todo lo que esta encierra de utilidad y horizonte incluso para la misma humanidad.


Por esta imperante necesidad surge la aparición de un nuevo concepto, que en los últimos veinte años ha inundado los foros de discusión: la ecología. Quizás una nueva concepción de la vida animada de una conciencia que se enfrenta radicalmente a muchas creencias tenidas como certezas inmutables.

Mi conciencia moral me dicta una sencilla reflexión: estamos en desacuerdo con las acciones de la humanidad frente a todo lo que no sea ella misma, es decir contra los otros animales, los paisajes, los diferentes ecosistemas y aún en el espacio próximo que llamamos biosfera.

Pudiera ocurrir que tuviéramos distintas conciencias en lo que podría referirse a nosotros mismos, otros humanos, otros seres vivos que llamamos animales, otros ecosistemas, que no son los nuestros o más próximos y, como decíamos anteriormente, incluyendo también la misma biosfera afectada por la conducta del hombre.

Entendemos la lucha del animal humano en su larga andadura por la Tierra, recién salido a la vida inteligente, en las tinieblas de los comienzos, posiblemente tras el gran acontecimiento de las glaciaciones, bajo el frío y los gélidos vientos, refugiado precariamente en cuevas, tras el hallazgo revelador del fuego. Los deseos trascendentes por sobrevivir y su ansía espiritual por dejar huella de su paso: la descendencia. Los combates desiguales contra aquellos otros seres de gran fiereza que es posible que entonces, desconociendo todavía al hombre, les agredieran. El ansia de seguridad ganando espacios abiertos en el interior de los bosques. Matar a otros seres distintos a ellos para alimentarse y, después, utilizar su piel como abrigo.

Pero aquello es el pretérito de la existencia casi animal del hombre, en la que según Mc Lenan, los humanos conjugaban el viejo cerebro « reptiliano » con el derivado de la larga evolución con añadidos de « neo cortex », que le permitían reflexionar, deducir y aún crear el lenguaje de los símbolos.

Pero hoy ni el hombre es aquél ni las circunstancias tienen posible identificación. El humano era, entonces, minoritario sobre la Tierra y se encontraba presionado por otros seres, de los que a veces - solo a veces - tenía que defenderse.

Quienes nacimos antes de 1950 pertenecemos a la primera generación que ha visto doblarse la población mundial. El crecimiento de la humanidad, a partir del año citado, ha sido mayor que a lo largo de los cuatro millones de años precedentes. Y el hombre ha seguido comportándose con el « entorno » igual que en los primeros tiempos de la humanidad.

La cultura occidental, aun habiendo vivido épocas de gran profundidad y rigor, jamás ha analizado los efectos devastadores del hombre sobre la naturaleza y su bárbara falta de escrúpulos ante los otros seres, carente de una mínima « ética de la compasión » y plena de un desmedido antropomorfismo.

Ni la misma ética kantiana se ocupó de las relaciones de los hombres con los otros animales.

En el pensamiento judeocristiano o islámico solo los humanos son objeto de consideración moral, a diferencia de las religiones budistas y taoístas que nunca causaron daño a nada que vive.

Parece cierto que tenemos que cambiar algunos conceptos y admitir que la ecología, el respeto a todo lo que vive sobre la Tierra, no es una juvenil exigencia sino algo fundamental inserto no sólo en la conveniencia futura de nuestro progreso, sino fundamentalmente dentro de la más elemental ética del comportamiento.

La industria ha contaminado ríos y lagos, los vertidos petrolíferos han puesto a los océanos en una situación frecuentemente crítica, las poderosas flotas pesqueras han esquilmado el mar de forma abusiva, no es necesario recordar las masacres de las ballenas -cetáceos mamíferos inteligentes con enormes cerebros-, los meros y otros grandes peces son localizados vía satélite cuando se reúnen para desovar, siendo exterminados en el momento más crítico de su ciclo reproductivo, la carrera de armamentos atómicos ha devastado remotas regiones pobladas por humanos aborígenes en las altas regiones siberianas. Las selvas tropicales, las llamadas “pluvi-selvas”, los ecosistemas más valiosos en donde se encuentran más del cincuenta por ciento de las especies vivas - muchas ni siquiera descubiertas para la ciencia - están en peligro por la voracidad de empresas sin escrúpulos que sólo valoran el rendimiento presente. Cada año se destruyen 20 millones de hectáreas y de no ponerse freno en cuarenta años habrán desaparecido en su totalidad.

Frente a esta ausencia de protección a cargo de gobiernos, carentes de mentalización, la naturaleza y todo lo que ésta encierra para la vida, está sufriendo continuos golpes de una humanidad en explosiva proliferación. La filosofía y la ética tradicional no son capaces de responder a esta nueva situación que la actualidad natural presenta con urgencia.
 "Los seres humanos han hecho más daño a la Tierra en el siglo XX que en toda la historia de la humanidad anterior" dijo el oceanógrafo y aventurero del mar Jacques Cousteau. Los abusos de la economía y la explosión demográfica pueden ser los dos motivos fundamentales. Hoy somos más de 6.000 millones de humanos y en el año 2005 seremos casi 10.000 millones. Estamos insertos en el consumo voraz, destruyendo lo que la vida tardó milenios en conformar, liquidando el futuro por un beneficio ambicioso y urgente.

La ecología, con toda la carga que conlleva, tiene un sólido fundamento. Distinto podrá ser que algunas de las múltiples asociaciones ecologistas puedan encubrir otros fines. Pero la humanidad -y con ella los gobiernos del mundo- deben armonizar urgentemente el desarrollo de esta civilización y el respeto a la Tierra - nuestro solar – y, sin más demora, tratar de dar solución a los residuos radioactivos, a la proliferación de las armas nucleares, al mercado negro de material fisible, evitando catástrofes químicas como las de Bhopal, Seveso, Chernobil. No todo es dinero. No todo lo que tiene precio tiene valor. La sociedad mundial tiene que reflexionar. El hombre como ser inteligente, portador de los valores de la supervivencia, tiene que ser un buen tutor de esta Tierra nuestra.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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