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EL MUNDO PERDIDO DE LA GRAN SABANA

Este explorador de la Tierra y de la vida ya conocía de expediciones anteriores la Gran Sabana, y también Canaima, con sus lagunas entre cascadas, base para acceder al Auyántepuy. Había volado muy cerca del Santo Angel, sobre la cima de este monte, y llegado hasta la cumbre misteriosa del Roraima, la más alta de la región y vértice de Brasil, Venezuela y Guyana.

El Roraima es una sencilla ascensión y una extraordinaria inversión de tiempo e ilusión, en la que el ascensionista, deportista, científico o aventurero, siempre saldrá recompensado. Al llegar a las plataformas cimeras se tendrá la visión de un mundo que pudo ser parecido al “paraíso” en el origen de la existencia: piedras de cristal, orquídeas enormes, plantas insectívoras de gran tamaño, líquenes multicolores y formaciones rocosas como miles de “ciudades encantadas de Cuenca”, y sería posible que hasta pudiéramos ver volando a esos “pterodáctiles” y  los “hombres mono” del santuario que describió magistralmente Doyle en su obra el “Mundo Perdido”. Separado por un collado, que está permanentemente nublado y que los indios “pemones”  llaman la “Ventana”, en dónde nacen las tormentas, surge el Kukenam o Matawitepuy, que significa “sitio para morir” desde cuya cumbre los “pemones” derrotados en sus luchas contra los “makushi” del Brasil, o que padecían mal de amores (especialmente profundo en individuos de mentalidad primitiva y romántica) se tiraban al abismo.

La gran cornisa del Kukenam es el nacimiento de una extraordinaria y espectacular cascada de 700 metros de altura que forma el río del mismo nombre. La ascensión del Kukenam es más complicada que la del Roraima, aunque tampoco precisa técnicas alpinas por su ruta más usual, la que utilizan los indígenas para llegar a las misteriosas altiplanicies de su cumbre. Los exploradores, viajeros, deportistas o buscadores de emociones, que deseen vivir la aventura de la Gran Sabana, ascendiendo a estas montañas, deben estar dispuestos a subir fuertes pendientes agarrándose a las ramas y a las rocas, sin asustarse ante la presencia de las “mapanares” o serpientes “coral” que pudieran aparecer. Deberán pasar algunas noches en tiendas de campaña o refugiados en cuevas de la montaña, viviendo la emoción de internarse entre las cascadas de agua del río Yuruaní, en las mismas entrañas de los “saltos de agua”, para continuar el viaje sobre las convulsas aguas en una ligera embarcación neumática.

Aquí comienza la aventura de este nuevo Himalaya verde. 
 
 Es posible que dentro de veinte años todas las regiones de la Tierra sean objeto de los viajes turísticos. Me refiero a los parajes naturales que, aún hoy son sólo destino de expediciones de tipo científico, de exploración y aventura: como la del territorio de la Gran Sabana americana en Venezuela.

Allí está sobre las selvas, entre el río  Orinoco y el Caroni, la región de los tepuys: unas montañas de cuarzo y arenisca que se elevan cortadas verticalmente para internarse en los cielos cubiertos de nubes tropicales. Sus cimas son mesetas que parecen sugerirnos que no siempre fueron cimas, sino suelos que resistieron a la erosión de milenios y cuyos alrededores se hundieron hasta quedar levantados cientos de metros sobre las actuales superficies selváticas.

El pasado se presenta en esta región de plantas insectívoras y montañas inexploradas, como un museo de ciencias naturales. Algunas de estas curiosidades del jurásico están en el Cerro Autana - el más famoso de todos los tepuys y por consiguiente el más explorado - a la cabeza de cientos de cerros y  misteriosas montañas - mesetas como: Roraima, Duida, Neblina, Auyantepui, Chimantá, Aracamuni, Sipapo, Tebasín, Kukanan... y muchos más cuyo nombre ni siquiera se conoce.

Constituyen un espectáculo inalcanzable, hoy igual que ayer, cuando los primeros viajeros relataron con estupor su descubrimiento. Recuerdo lo que decía mi amigo e ilustre colega desaparecido, doctor Rodríguez de la Fuente, divulgador del mundo animal, cuando relataba en la revista “La Actualidad Española” de la que éramos  reporteros en los años setenta, el descubrimiento de la zona y especialmente del Cerro Autana.

El Autana es una inmensa montaña de paredes verticales que se levanta casi mil metros sobre el territorio verde: La montaña sagrada de los indios piaroas, la montaña mágica y sobrecogedora conocida por los indígenas como Wahari - Kuawai.

Rodríguez de la Fuente vio desde una avioneta lo que antes habían contemplado otros aventureros: en el tercio superior de la pared, una cueva gigantesca traspasaba de lado a lado la montaña, y en el borde de la misma estaba la mesa de los sacrificios de los “piaroas”. En un terreno de esas características pudiera haber sido posible que a través de galerías y cuevas subterráneas, los indígenas hubieran podido acceder a ella desde tiempos inmemoriales.

En aquellos años las expediciones de Carlos Brewer, después nombrado ministro de Venezuela, habían hecho lo posible por esclarecer el misterio. La cima cubierta por especies vegetales endémicas y con una vida relativamente diferente a la de alrededor mil metros más abajo - como si fuera el terreno de las aventuras de Tarzan - era y es naturalmente, el reino de las orquídeas gigantes y plantas carnívoras de enorme tamaño, curiosamente parecidas a las contempladas en mi expedición al Kinabalu en las selvas de Borneo. La cima solo accesible utilizando un helicóptero con suficiente autonomía y siempre que los vientos no fueran hostiles, permitía acceder a ella: una meseta selvática mil metros sobre las tierras circundantes. Allí se montaba un campamento escogiendo bien la orientación sur (la cara norte está completamente anegada de agua y humedades) para preparar con técnicas de escalada y montaña un descenso hacia la "cueva de los sacrificios". Esa expedición se realizó sobre aquellos años con la colaboración de los helicópteros alemanes de la MBB, toda clase de medios y una veintena de exploradores y deportistas bien seleccionados.

La revista "National Geographic" publicó un extenso reportaje: en la cueva no había vestigio alguno de ceremonias indígenas ni muestras de vida de ningún tipo. Pero la leyenda del Autana y su soberbia silueta ha quedado grabada para siempre en el mundo de la aventura. El Cerro Autana ha sido escalado en 1975 siguiendo la arista norte, la más accesible - en este mundo caluroso de paredes verticales, llenas de una vegetación que sobresale en las rocas descompuestas - Algunas de sus cuevas han sido exploradas por especialistas - De su cima partieron dos globos en busca del Orinoco tomando tierra en la selva. También dos pilotos de «ala delta» han salido de las tierras cimeras para alcanzar el poblado “piaroa” más próximo a la montaña, en unión de un parapentista que fue ayudado a despegar por los compañeros de expedición. Incluso dos “saltobasistas” se han tirado desde sus verticales precipicios, después de buscar un balcón adecuado para el peligroso deporte.

El asombro ante el descomunal cerro se transformó en escenario de hechos deportivos y de aventura como el que protagonizó Jimmy Marull a bordo de un avión ultraligero de primera generación, atravesando por la "cueva de los sacrificios " toda la montaña de lado a lado. Solo el pensarlo sobrecoge.

Ahora le toca el turno al turismo. El Autana es el objetivo de los caprichosos viajeros turistas que, quieren llegar a la insólita montaña y darse un paseo entre las orquídeas gigantes de su cima para, volver a subir en el helicóptero antes de que los vientos y las tormentas eléctricas les obliguen a sobrevivir a un precioso vivac alumbrado por los rayos.

El Autana, actualmente cerrado a los viajeros, es solo el primer exponente de la aventura, junto a él decenas de estas mismas montañas esperan todavía su exploración, cómo el mismo Auyantepuy  (Las paredes tienen mil metros de altura y la cima un área de 650 kilómetros cuadrados, en donde existen selvas, sumideros con una fauna y flora casi desconocida). Su futuro pertenece no obstante a los dos mundos: el de la aventura y el del moderno turismo deportivo, que están condenados a apoyarse mutuamente.

Detrás del Auyantepuy sigue el misterio rodeando a los tepuys. El Duida, la Neblina, el Chimanta y otros más, cuyas mesetas cimeras no han sido alcanzadas ni aún en helicóptero, prometen muchas expediciones. Ni los “piaroas”, ni los observadores científicos como el antropólogo Antonio Pérez, han sabido o querido aclarar en qué consisten esos vestigios que arrastran las aguas desde las cimas que pudieran pertenecer a vidas prehomínidas.

La aventura, lo que será enseguida turismo; ese turismo moderno y deportivo, qué el que escribe este artículo, empezó a poner en marcha treinta años atrás está ahí, en la amazonía venezolana. La aventura y el turismo son aspectos distintos de la Tierra, uno antes y otro después. Ambos deberían saber buscar coincidencias: el respeto a la naturaleza.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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