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FILOSOFIA DEL VIAJE

Es necesario viajar para vivir. Viajar es vivir han dicho pensadores, poetas y filósofos. La vida es un viaje dijo Ortega. El viaje es metáfora esencial de la vida entera. Es el viaje cuándo la vida se hace más intensa, cuando se ve la fugacidad, la momentaneidad de la existencia. La vida son momentos, sucesión de imprevistos, y en el viaje de la vida se extrema la momentaneidad de nuestro sentir, de nuestro placer, de nuestro contemplar... La vida es acción y contemplación igual que el viaje. Una carrera continua por llegar a alguna parte.

 Los viajeros, y todos los somos en alguna medida, y cómo no en sentido metafórico, buscamos en el viaje una renovación de nosotros mismos, un renacimiento de nuestra personalidad, un buscar nuevas experiencias y sensaciones, una nueva vida, o una vida distinta, que buscamos en lo distante, en el camino de paisajes diferentes al que normalmente vemos. Queremos sentirnos distintos en el viaje, contrastados con lo habitual. Ver siempre lo mismo, estar con las mismas personas, o frente a ellas, es insignificante, es decir casi imperceptible,  nada significativo.

 Es necesario viajar para vivir. Las cosas que vemos en el viaje podrán ser las mismas que cuando vivimos sin emprender itinerario alguno, pero el ánimo, la luz con las que las contemplamos, tiene otra intensidad y hasta otro ritmo. Es necesario viajar para saber orientarse en el horizonte de la vida y aprender a saber sentir la inquietud. Es preciso viajar para acostumbrarse a rozar los peligros de la vida. Vivir es para muchos saber superar los riesgos de la muerte.
 La relación del hombre con el espacio es compleja. El ser humano, en otros tiempos, estaba condenado a existir en un solo sitio. Solamente hombres excepcionales podían emprender, con enormes esfuerzos, un largo viaje que tenía todo el valor de una gran aventura.

El ir hacia lo que está lejos es un deseo pertinaz en muchos seres humanos, y aún obsesivo, y como tal contagioso y susceptible a las modas: todos van y conocen y yo también. Si el deseo no se cumple viene el desasosiego: deseos de irse de dónde se está, no sentirse bien, a gusto, en su sitio, en su casa, o en su ciudad, una inquietud incoercible, de evadirse para huir del contorno.

 Fue el jesuita, filósofo y paleontólogo francés, Teilhard de Chardin, quién advirtió que sólo el hombre, es el único representante de los seres vivos, que tiene deseos de viajar, es decir vivir en todas partes. De aquí que se haya ocupado de inventar medios con los que poder alejarse del “habitat” anulando las distancias. Pero a pesar de ello la lenta evolución de las técnicas en el pasado, hicieron normal que la mayoría de los humanos quedara adscrito a un terreno (teoría de los pueblos) y con ello se crearon los usos y las costumbres, las normas de vida, y hasta las distintas concepciones de sociedad.

Es en la mitad del siglo XX, cuando la facilidad de las comunicaciones ha sido tan vertiginosa, qué hemos comenzado a vivir en un mundo contraído, sin distancias ni lejanías. En los tiempos actuales empezamos a comprobar los efectos de los  viajes masivos, del verdadero tráfico mundial, los devastadores y hondos efectos del llamado turismo de masas.
El viaje libera de perjuicios, y hace a los hombres capaces de elegir los mejores usos, abriendo conciencias y representando una reforma radical de la concepción de la vida, variando modos de comportamiento, que en muchos casos solo el azar había arraigado.

Pero es igualmente cierto qué el tráfico del turismo mundial, está arrancando a los hombres de su perspectiva local, creando un ser abstracto, desnudo de pasado: el hombre cosmopolita, con todo lo positivo y negativo que esto puede representar.

En el futuro utópico existirá un único modelo de sociedad (la del mundo) y  todos los hombres seremos muy parecidos, en ideas, en hábitos y en cultura. Un solo gobierno universal podrá regir una sociedad mundial clónica.



 
César Pérez de Tudela Escalando
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