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VOLVER AL PASO DEL HOMBRE

Después de cincuenta años, permanentemente en el camino de la cima, he llegado a la conclusión  que lo único importante – lo que deja huella  en el espíritu – es el sendero hacia la cumbre. La aventura del camino. La enjundia de la vida solo se conoce viviendo en el camino de la cima, que siempre asegura la peripecia vital... Y la verdadera aventura es intentar hacer aquello que piensas que es posible que no puedas hacer...

 Un poeta- Muñoz Quirós, premio V.Aleixandre - me dedicó hace unos años en una visita a Avila, una preciosa meditación sobre las cumbres:

 “Seas bienvenido andarín de los silencios de piedra, porque te ha sido propicio el camino, y en el esfuerzo de sobrellevar las durezas del empeño, llegas, asumes el indomable deseo de escalar, de coronar la dificultad vencida. Ejemplo eres, porque como la vida la montaña es una soledad que se aprende despacio, que se acaricia cuando más infinito es el horizonte, y en esa dura misión vamos dejando nuestro ser como escrito en las veleidades de la fortuna...”

 Ruwenzori, Aconcagua, Denalli, Annapurna, Monte Olivia... entre centenares de montañas que han acaparado mi espíritu, montañas que no siempre cimas, han sido el norte que encauza los pasos del hombre recorriendo los variados caminos de la vida, cambiando la mentalidad, y retrotrayéndonos al pasado, viendo quizás el futuro, contemplando el paisaje, llegando al horizonte, dándonos cuenta real de lo que cuesta recorrer el camino de la vida, sintiendo el cuerpo, el cansancio, recreándonos en nuestro propio esfuerzo y quizás también sintiéndonos orgullosos del mismo cansancio.

 La soledad en el camino hacia las cimas me hizo pensador, quizás contradictorio y asistemático, como dicen que fue Cioran. O quizás solo poseedor de una especial “filosofía de las cimas”, que como Evola, fui creando en  continuas reflexiones camino de lo más alto: un pensamiento coherente y hasta posiblemente nuevo. El camino hacia las cumbres me enseñó humildad y  me trajo la conciencia de poder dejar de ser – solo circunstancialmente - ese lamentable “animal humano” lleno de petulancia e imperfecciones, acercándonos un poco a la sabiduría y a la bondad.

 No sé si las montañas alpinas son más interesantes que las del Himalaya, o las de los Andes son  más majestuosas, o si las más próximas al hemisferio ecuatorial, como dijo Humbold, son más altas... Las cimas son las cumbres de la Tierra. Y tanto las de la Patagonia, como las del Sahara (Hoggar, Air, Tibesti)  o de la Tierra de Fuego, del Caucaso, o las  cimas de los volcanes de Oceanía, son los puntos mágicos del mundo. Es allí en donde captamos con nuestra pobre mente lo excelso, lo sabio, lo noble. Es allí en donde vemos el pasado y miramos al futuro. En la cima aprendemos a vivir siendo espectadores de nuestra vida además de protagonistas. Es allí en donde perdonamos a nuestros enemigos y queremos más a nuestros amigos, en donde prometemos ser mejores y hasta en algún momento de éxtasis ganamos la mística y accedemos a estados superiores de conciencia. Allí  tanto en Europa cómo en la Antártida, en Gredos como en Montserrat, hay distintos caminos para alcanzar la cumbre, y muchos de ellos altos y muy difíciles. Y es precisamente en ellos donde surgen en nuestras almas esos destellos de luz que explican la vida, en donde dejamos la ira, el odio, el yo y el miedo y nos concentramos en la esencia. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que somos un espíritu que posee cuerpo y que podemos utilizarlo, que nos sirve para llegar a lo alto.

 Mi juventud física se fue escalando cimas diversas por la extraordinaria geografía de la Tierra. Y fui viendo que en cada rincón  podía existir una cima en la que poder ir más “allá de nosotros mismos” y ganar la juventud eterna, la de la mirada aguda, la del aura de honestidad y dignidad de hombre que casi ya no tiene miedo.

 Las cimas de la Tierra me han hecho rico. Me han señalado la necesidad de la permanente renovación espiritual, aquella renovación que pedía Miguel de Unamuno en las cartas a Angel Ganivet que había publicado a la sazón el “Idearium”, esa “alta roca entre vientos puros sobre el erial de nuestra actual literatura – charca de aguas estancadas – que trae fiebre espiritual a los falsos intelectuales llenos de insignificancia y de infilosofía, dando un poco de valor al prestigio de la verdad “

 En este recital de torpes poemas, entre tropezones y nostalgias, que al fin solo es “Cinco Montañas solo” he pretendido ser honesto con mi pasado. Un pretérito de senderos, difícil y hasta fascinante, que hoy veinte y treinta años después me mantiene intacto, ilusionado con las  cimas, que si Dios así lo permitiera, deberé todavía  escalar: Tronador, Macá, Puntiagudo, Robson, Emi Kusi, Ararat, AmaDablan... “cervinos” de la ilusión, fuentes de la eterna juventud y de la ansiada inmortalidad...

 Mi vida me resulta fascinante. Soy solo lo que quise ser de niño, cuando la ambición por la materialidad de la vida no existe. Después he  sobrevivido, a veces milagrosamente, ante varias (¿demasiadas?) situaciones límite y siempre estoy de regreso a la vida con la tranquilidad de haber hallado la paz, y de estar instalado en mí mismo, contento con mi destino que comporta mala y buena fortuna al mismo tiempo. “La constante buena suerte da miedo “dice un proverbio tibetano que recoge Alexandra David-Neel, “La buena suerte atrae la desgracia y el peligro”. Hasta ahora he superado la muerte. Y tengo conciencia de donde termina la vida. Estoy  también superando la vida en mi destino ideal detrás de la utopía... ¿Puedo pedir más?

 Y ello se lo debo a las cimas, caminando en soledad,  solo, aun cuando portador de un anhelo común por alcanzar la verdad.

 Desde los escritos de Israel, Confucio, LaoTze, Buda, Homero, Sófocles, Platón, Aristóteles, San Agustín, Kant, Hegel, Nietzche... Todos los sabios se han planteado siempre ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?

 Este modesto peregrino que, por privilegio del destino, ha podido escalar centenares de montañas en las regiones más diversas del planeta, cree humildemente que la sabiduría absoluta no nos corresponde, que solo sabremos distinguir la cúspide de la felicidad y podremos así decir cómo Ovidio:

La cima es aquél esfuerzo por el cual  “Querer es poco y llegar es desear apasionadamente “

 La luz de la vida sigue viniendo de lo alto. Y nosotros solamente con ese deseo nos enriquecemos. Y entretanto continuaremos en el camino vertical y estrecho hacia la cima,  dónde está la vida... siempre arriba...


Epílogo del libro “Cinco Montañas solo” Editorial Desnivel. Madrid



 
César Pérez de Tudela Escalando
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