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  Mis crónicas del Everest
 
Presentación

Tuve un infarto grave en el Everest en 1992, lo que no me ha impedido desde entonces emprender numerosas expediciones a montañas de la Tierra. Pero las cimas altas del Himalaya han estado para mí prohibidas.

Hace dos años me cargué de optimismo, me sometí a dos intervenciones cardiacas (instalación de “stent” y una larga sesión neutralizando mis arritmias ventriculares para prevenir en lo posible la amenaza de una muerte súbita) Y haciendo que no veía las miradas escépticas de los prestigiosos cardiólogos que me habían tratado: Dra. Boraíta y doctores Macaya y Fernández Ortiz, decidí irme al Everest.Quería hacer realidad mi novela “El Lama Milarepa” en la que el personaje, el barón de Cotopaxi, llega a la cima del Everest y convertir la fantasía en realidad.

”Un esfuerzo más
y lo que iba a ser un fracaso
puede convertirse en un éxito”

me dije recordando el Lao Tse.Pero fue un fracaso. Y esta es su pequeña historia.

Crónica Primera

El afán de la aventura se esconde en el fondo del alma. La vida es leer más…

Crónica Segunda

Esperamos dos días en el Kodari, viviendo en las casas colgadas del precipicio sobre el río Shun Khosi leer más…

Crónica Tercera

Tingri es un poblado perdido en el desierto del Tíbet, al otro lado del collado de Lalung leer más…

Crónica Cuarta

Por fin había llegado al monasterio de Rongbuk y al campamento base del Everest leer más…

 

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Crónica Primera

El afán de la aventura se esconde en el fondo del alma. La vida es un misterio y poco razonables los motivos que alegan quienes se aventuran en los peligros de las altas montañas.

Este es mi caso, a punto de pasar la frontera entre Nepal y el Tíbet.

Deseo fervientemente intentar llegar a la cima del Qomolangma (Everest) una pasión que surge del fondo del ser. Para mí creo que es un reto y también una deuda.

Con éxito o sin él será una dura y extenuante peregrinación hacia la altura que asfixia y mata, pero que nos permite captar ese espíritu que subyace en las grandes misiones del hombre. Es posible que deba a Dios este camino por haberme ayudado a sobrevivir tantas veces a lo largo de estos fascinantes cincuenta años, en las luchas de la vida vertical, superando con alegría los pasos difíciles que la vida impone.

 

Es curioso como ahora miles, decenas de miles de personas de la sociedad desarrollada empiezan a querer vivir los grades momentos del peligro y del esfuerzo, quizás buscando esa esencia que los idealistas alemanes pusieron de manifiesto en el pasado siglo XX.

Ayer encontré al doctor Pujante, eminente neurocirujano barcelonés que coincidirá con nosotros en la para mí temida ascensión al Everest (Qomolangma) por la cara norte. Pujante mucho más joven ya escaló el Everest por el Nepal pero quiere repetirlo por el Tíbet sin oxígeno. Mi reto es más modesto. Yo solo quiero volver a lo alto para llenarme de luz y bajar para contarlo. Así pagaré y redimiré mis pecados de orgullo buscando esa bondad fundamental para vivir con dignidad. Ya se lo contaré.

”El afán de la aventura
se esconde
en el fondo del alma”

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Crónica Segunda

Entrar en China ha sido lento y difícil para los expedicionarios que íbamos al Everest. La periodista Elizabeth Hawley dijo que China estaba terminando de limpiar de muertos el Everest, los que debió ocasionar la ascensión a la cumbre del Fuego Olímpico el pasado año. No sé lo que habrá de cierto.

Esperamos dos días en el Kodari, viviendo en las casas colgadas del precipicio sobre el río Shun Khosi. China ha edificado una verdadera frontera entre Nepal y Tíbet. Cruzar a China tiene ya el formalismo que requiere entrar en un país poderoso y exigente. Ya no se pasa de cualquier forma como años atrás. Yo paso con miedo ocultando el teléfono Satlink vía satélite que está terminantemente prohibido.

Todo ha cambiado mucho en estos dieciocho años de ausencia. Ya no están los muchachos tibetanos con coletas negras que gritaban ¡Dalia Lama! El Tíbet es más China y menos Tíbet. Hay multitud de chinos venidos de los rincones del imperio para colonizar estas tierras desérticas llenas de futuro. Hoteles, comercios, restaurantes… Zhanmu y Khasa son ahora casi ciudades en las infinitas vertientes del Himalaya.

La vida ha cambiado mucho. Hay que reconocer que los hospedajes son mejores y las condiciones generales de vida también. Una gigantesca carretera que costará muchas vidas va abriéndose camino…

Ayer llegamos a Kaylan a casi 4.000 metros y nos hemos entrenado subiendo a una montaña de 5.000 cada vez que subo me doy cuenta de lo mucho que cuesta subir, paso a paso, coordinando el ritmo del corazón y de la respiración con las piernas, sintiendo el esfuerzo, y ese pequeño dolor de cabeza de la altitud con el fuerte viento que golpea sin cesar. Hoy también me he repetido:

“¿Si subir a 5.000 metros me exige tanto esfuerzo, que será a los 8.000?”

 

En Nyalam la mayoría de sus habitantes son chinos. Se percibe un cambio social, más limpieza, niños bien equipados escolarizados, mientras los aborígenes quedan relegados en un barrio marginal, con sus estandartes coloristas y los excrementos de yak pegados en la fachada de sus casas para secarlos y que sirvan de combustible como tantos siglos antes. Voy subiendo cansado por el esfuerzo y me doy cuenta de que no estoy tan en forma como creía, desanimado y entonces pienso que el Everest puede ser un objetivo superior a mis condiciones. No me arrepiento de haber llegado hasta aquí, pero pienso en que puedo fracasar y en el riesgo que ya casi inevitablemente voy a correr.

De pronto descendiendo la montaña una vieja melodía surge en mi recuerdo y me siento rejuvenecer. Surge del fondo de mí y escuchándome me llega la imagen de tantos amigos de la montaña, unos vivos y otros muertos: Pirinoli, el Berzas, M.A. Herrero, Pepe Arias, Ramón Blanco, Alandi, Tecglen… pasado inevitable lleno de sentimientos.

Ello me ánima. Mañana estaremos en Tingri después de haber atravesado un alto collado de 5.300 metros, lleno de banderas de la oración. Esta nueva carretera evita pasar por lugares que me parecieron memorables, como Shegar, en donde está el famoso Dzong, la gran fortaleza y templos lamaísta arrasada por la revolución cultural china.

Dentro de tres días llegaremos a Rongbuk, y pasando el monasterio veremos como el Qomolangma domina todo el paisaje. Allí comenzaran las subidas y las bajadas. Allí estará la verdad para los que deseamos llegar a la cima del mundo. Un cordial recuerdo desde el Himalaya.

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Crónica Tercera

Tingri es un poblado perdido en el desierto del Tíbet, al otro lado del collado de Lalung La, de 5.200 m. desde donde hacia el sur se distinguen las cimas del Himalaya blancas, especialmente el Everest y la inmensa cúpula nevada del Cho Oyu.

Continuamos la aclimatación que comenzamos hace ya dieciocho días subiendo y bajando pequeñas montañas del valle de Lan Tang.

 

Ascendemos a una colina de color de adobe, que parece una gigantesca duna de arena con casi mil metros de desnivel, desde donde se divisan grandes y frecuentes remansos de agua, que parecen lagos, causados sin duda por el deshielo y las tormentas. Descendemos optimistas para pasear por el poblado mirando las duras condiciones de vida de los tibetanos. El Everest nos espera.

La huella que seguimos, subiendo y bajando collados pasa por numerosas casas en donde siempre ondea la bandera china.

El monasterio de Rongbuk aparece, pero el paraje está desfigurado por la instalación de una elevada antena de comunicaciones que resta naturalidad al paisaje.

Un poco más allá, en lo que es la inmensa morrena terminal del glaciar de Rongbuk es el lugar en donde se establecen los distintos campamentos bases. Los chinos han construido unas casas de piedra y en las obras han arrasado el memorial que dedicamos a Rafael Gómez Menor, que murió en nuestra tentativa de 1990. El lugar me parece desapacible y sucio viendo como  esforzados soldados del ejército chino vigilan la zona acompañados por los continuos ladridos de sus perros.

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Crónica Cuarta

Por fin había llegado al monasterio de Rongbuk y al campamento base del Everest.  

Sabía que a mí persona- por cronología  y por momento histórico vivido-  no me correspondía el reto de los “ochomiles”. Yo era de otra etapa anterior, en la que los alpinistas ambiciosos teníamos el desafío de las famosas paredes nortes de los Alpes, y de otras cordilleras de la Tierra, que eran puro y exigente alpinismo de dificultad, una etapa a mi juicio más consistente que esta moda más mediática de la colección de “ochomiles” que son montañas muy semejantes.

Si yo volvía al Everest lo hacía para levantarme ante la adversidad, que siempre ha sido razón de mi existencia. El Himalaya siempre me había tratado con dureza y desdén (En 1971, en el Hindu Kush, murió Elena, mi mujer, tras haber abierto una difícil ruta en el Tirich Mir Oeste. En 1973 me salvé milagrosamente en el Annapurna, en mi tentativa solitaria. En 1990, en el Everest, cayeron cinco compañeros de expedición en la pared del Chang La (Collado norte) entonces en absolutamente soledad. En 1992 tuve un duro infarto superando el Khumbu y fui rescatado “in extremis” por unos inolvidables compañeros). Por lo tanto sé, sabía que el Himalaya, y otros macizos montañosos de Asia no eran mis montañas. En ellas hace falta disponer de mucho tiempo y de mucho dinero. Curiosa exigencia en esta vida en la que el tiempo, a mi edad, vale todavía más que el dinero.

Pero estimé que quería regresar al Everest para culminar este duro y dramático camino y analizarme en conciencia  tratando de saber más sobre esta pasión del alpinismo tan desconocida y tan transrracional.  Iba más empujado por el estudio y la observación de mi “subjetividad” que por el objetivo deportivo en sí mismo. Quería llegar a lo alto para poder describir los episodios de mi conciencia con verdadera honestidad, para explicar en que se basa esta ilógica pasión y en el “por qué” de esta vida peligrosa plagada de desmesuras.

Con la escalada del Everest estaría tranquilo. Allí estaba la síntesis de todos macizos montañosos de Asia. También me apasionaba el K2. Cualquiera de estas dos montañas, Everest o K2, una u otra, serían para mí el logro del simbolismo máximo.

Pero una vez más no he tenido suerte. No me han valido mis entrenamientos, ni mi gran ilusión. Y veo con decepción que mis lesiones cardiacas siguen vigentes, lo que pueden dejar inacabados mis estudios y meditaciones sobre esta locura metafísica del alpinismo.

Así fue


Una de esas noches de la altitud, todavía por fortuna en los campamentos bajos, campamento base e intermedio,  sentí como la asfixia se presentaba  acompañada de sueños insoportables que me anunciaran de forma insistente mi próximo declive.

De las catorce o quince personas que componíamos el grupo, en expediciones independientes, todos eran relativamente jóvenes, fuertes y experimentados. Yo era el más vulnerable por edad y por mi cardiopatía.

Entonces durante esos días previos de dura aclimatación en los 5.000 / 6.000 metros tuve varias noches de extraños sueños y de deficiencias respiratorias.  La asfixia me asustaba, pero los sueños inconexos, constantes y luminosos eran insoportables, llegando a plantearme la huída de aquellos parajes.

¿Unos sueños, unas pesadillas, eran  causa o motivo suficiente para hacer fracasar un proyecto tan difícil de realizar y tan deseado? ¿Era una decisión coherente?

No se sí mi decisión fue coherente o razonable, como tampoco no puedo calificar sí mis sueños lo eran.  Relacioné mis problemas de respiración con mis lesiones cardiacas, ya que lo cardiovascular es considerado como un mismo aparato corporal. Y pude recordar la angustia de la asfixia, la que sentí de forma muy clara los segundos que duró, cuando el parapente me estrelló contra una ladera, hace poco más de un año, y sé que sobreviví y cuando respiré que fue cuando el corazón se puso nuevamente en marcha, tras la parada cardiorrespiratoria.

Esos sueños imprecisos e inenarrables fueron los que tras tres noches de horror me decidieron  abandonar mi preparada y costosa expedición.

¿Eran un aviso de lo que podría ocurrirme?

Mi instinto me advirtió y no lo dudé. Me marché. No podía soportar una noche más.

 Y yo tampoco entendía que podía estar pasándome.

Volví a Khatmandu confuso y derrotado nada más haber llegado bajo el Everest.

Mi hijo Bruno se reincorporó a la expedición. Amigo de todos fue aclimatándose lentamente. En el campamento del Collado Norte, tras escalar la pared del Chang La camino de la cima, el día 17 de mayo fue testigo de la rápida agonía del checo Veslav  Chrzaszcz con quien habíamos convivido durante los primeros quince días. Nada pudieron hacer para salvarlo: inyecciones de adrenalina, oxígeno  y masajes en el corazón. Le enterraron allí mismo bajo la nieve con su piolet de cabecera.

Bruno se impresionó y durmió muy mal retirándose al día siguiente.

Tragedias y Heroísmo

El doctor Pujante se encontraba en el campamento III a 8.300 metros y sufrió severas congelaciones en las manos, mientras su compañero Víctor Izquierdo de Álava, con sus pies sin dedos, amputados en una pasada tentativa, bajaba de la cima  encontrándose  a dos italianos que habían perdido la visión por congelación de las corneas, imponiéndose el deber de ayudarles en el complicado descenso, salvándoles así la vida con esta piadosa y admirable acción.

El ecuatoriano Jairo González de Landazuri  también llegó a la cumbre, mientras el alemán Frank Ziebarth, fuerte y en posesión de varios “ochomiles” llegaba a lo más alto en lastimosas condiciones muriendo en el descenso. Jairo  González de Landazuri, el ecuatoriano que llevaba años entrenándose en sus volcanes de Ecuador, durmiendo en las cimas del Chimborazo y Cotopaxi, bajo solo de la cumbre abandonado por su sherpa y vivaqueó desesperadamente sin saco y sin tienda a 8.000 metros. El italiano Luigi Rampini, alpinista italiano histórico quedó enfermo arrinconado en el campamento II, incapaz de continuar. En esos mismos días el chino Wu Wen Hong de 40 años moría en el descenso agotado y víctima de un posible edema cerebral. Los canadienses expertos alpinistas que habían escalado el difícil monte Waddigtton en la costa de la Columbia Británica se retiraron también.

Esta primavera del año 2009 ha tenido por la vertiente china del Everest un mal balance. De alrededor de 135 candidatos apenas unos 20 han llegado a la cima, de los que 10 eran de la numerosa expedición china.

¿De alguna forma yo pude presentir éstos resultados? ¿Mi intuición tras los sueños de asfixia pudo advertirme? ¿Hice bien decidiendo mi retirada de forma terminante? ¿O quizás me precipité para ahorrarme sufrimientos? Sea como fuere estimé que no podía aguantar una noche más. Cuando me alejaba del Everest, cruzando el Tíbet  me sentía uno de los seres más desgraciados de la Tierra.

Pero ahora al conocer el final nuevamente ha renacido en mí el optimismo. Doy gracias a Dios por haber tomado esa decisión. Yo era el más débil y vulnerable de todos aquellos expedicionarios, por mis particulares y arriesgadas circunstancias,  y siento como muy posible que de haber continuado ahora ya no estaría en esta tierra de los vivos, otra pensando en volver, aunque he de confesar que mis esperanzas de llegar a lo más alto son razonablemente muy escasas.

En la vida hay muchos más fracasos que victorias. Y esta es la sincera confesión de un explorador de montañas que sabe que no solo hay que narrar los éxitos rotundos. También las historias de los fracasos forman parte de las grandes experiencias.

Mi personaje, mi “alter ego”, el barón de Cotopaxi vivió  con realismo sobre la cima del Qomolangma las reflexiones metafísicas de quien, entre ensueños adivina su futuro (“El Lama Milarepa” de la editorial Belacqva)

Leo que ahora la NASA, con Varden Ark, quiere investigar los sueños de la altura con motivo de las expediciones de astronautas al Everest, como un entrenamiento para sus futuras expediciones a la Luna y a Marte. 

Al final resulta que otra vez se enlazan la ciencia y el misterio. El alpinismo trágico y fascinante es también un motivo para la investigación científica sin que pierda su hondo carácter de idealismo trascendente.

*César Pérez de Tudela es explorador de montañas y académico de la Real Academia de Doctores e España. Socio de honor de la Sociedad Geográfica Española

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César Pérez de Tudela Escalando
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