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  ENERO 2008
 

Mi inminente expedición es el Everest.

Se lo que representará para mi: denodados esfuerzos, incomodidad difícil de sobrellevar, ínfima comida de campaña, higiene inexistente, observando con cuidado el equilibrio de mi delicada salud, estudiando los latidos de mi corazón gastado, soportando los fríos acerbos durante muchas semanas, subiendo y bajando hasta lograr una aclimatación adecuada sin pasarme de optimismo.

Se a los riesgos a los que me someteré. ¿Estoy en el límite de cronología? Mis ascensiones y escaladas de estos últimos dieciséis años, en montañas de la Tierra: Andes, Patagonia, Alpes, montañas de Oceanía y Africa, tras mis dos infartos, han sido muchas y algunas importantes, incluso respetadas por compañeros mucho más jóvenes y fuertes que yo, sin haber renunciado nunca a seguir siendo “primero de la cuerda” abriendo caminos.

Voy al Everest para traer reflexiones y efectuar estudios para el mejor tratamiento de la filosofía del alpinismo, tema que me parece sustantivo y casi esencial. Quiero analizar el miedo, la nostalgia, el esfuerzo límite, el abismo, y el temor, a través de mi memoria, apuntando en mi cuaderno y en mis crónicas estados de animo, emociones, tensiones y decepciones.

Me enfrentaré al Everest, y Dios quiera que con buen juicio, no solo como un deportista que quiere la gloria de alcanzar la cima, sino fundamentalmente como la de un veterano explorador que desea seguir viviendo la emoción del riesgo y ejercitando esa juventud que está más en el alma que en el cuerpo, estudiando las razones y el “porqué” de la aceptación de la extrema incomodidad, del límite y de la superación del hombre.

Para mi volver al Everest es una actitud coherente con mi vida, siempre buscando el anhelo y la gran vivencia.

Como explorador de montañas se que, ya con lo conseguido (creo que soy uno de los exploradores de montaña que más cimas ha podido conocer por las regiones de la Tierra) en estos cincuenta años de constante actividad, tendría o tengo reservado mi lugar en los anales del alpinismo español, además de cómo estudioso y escritor, pero no quiero rendirme tan pronto.

Por motivos que ya iré explicando (entre ellos mis lesiones cardiacas) en estas crónicas, no me he dedicado especialmente al Himalaya, como ahora es moda general, a pesar de haber sido uno de los primeros exploradores españoles en esas montañas hace ya cuarenta años.
Los “ochomiles” no han sido mi terreno de juego y tengo poca experiencia en las alturas extremas, que quizás por cronología ya no deberían corresponderme.

Mi época fue la de las paredes difíciles en los Alpes, las escaladas verticales, y otras grandes y desconocidas montañas de la Tierra, con excepción precisamente del Himalaya.

Pero allí fui uno de sus primeros exploradores: Intento solitario al Annapurna en 1973, mi trágica expedición al Tirich Mir en 1971, mi expedición al Annapurna en 1986, y mis dos expediciones al Everest en 1989 por el Tíbet y en 1992 por el Nepal, junto a otras escaladas y cimas menores. No es momento ahora de hacer mención de lo ocurrido en ellas.

Solo voy al Everest para estudiar y contar mis emociones.

Por ello espero poder ir narrando a través de ésta página mis vicisitudes, mis sufrimientos, y mis miedos... Y también esas inmensas alegrías, tan esenciales, que la consecución de la cima lleva necesariamente implícitas.

 

 
César Pérez de Tudela Escalando
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