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EXPEDICIONES REALIZADAS / PUEBLOS ARBORÍCOLAS Y ANTROPÓFAGOS
 
 
 
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  PUEBLOS ARBORÍCOLAS Y ANTROPÓFAGOS
 

Papua es un verdadero infierno de calor, humedad, y mosquitos, entre otros la hembra del anoéfeles, el insecto de la malaria, que pica en los crepúsculos. También es un terreno de enorme belleza. Aquellas selvas inmensas, limitadas al norte por una colosal cadena de montañas, y al sur por las marismas pantanosas del mar de Arafura. Es un terreno olvidado por todos. Selvas siempre inundadas por los caudalosos ríos, que por otro lado son el único camino para internarse en ellas. Muy pocos viajeros se habían decidido a cruzarlas, después del suceso de Rockefeller, que conmovió al mundo, cuando presumiblemente fue devorado por los <asmat>, en su pasión de investigador coleccionista de cráneos ( Cardín, Ed. Anagrama ).

Ahora en los últimos diez años, los terrenos altos de esta fantástica isla, cuyo sector occidental se denomina Irian Jaya, empiezan a ser recorridos por viajeros - turistas, ávidos de encontrar esos exóticos y primitivos <danis> que caminan completamente desnudos enseñando con orgullo la «koteca» una funda de calabaza que protege su <pene>. También nosotros, los exploradores-alpinistas, hemos podido subir algunas de sus curiosas y altas montañas. Es como volver al pasado prehistórico de la edad de piedra - como dijo Harrer -el gran descubridor y alpinista austriaco, recientemente fallecido.

Al sur de esas montañas, que yo tuve el privilegio de escalar el pasado año ( Vía Central a la pared del Monte Trikora de 4.800 metros ) está el universo de los aborígenes olvidados ( Ojalá continúen así, a pesar de estos escritos ) en donde algunas misiones religiosas cumplen su difícil tarea de ir protegiendo a las criaturas humanas que viven totalmente diseminadas por aquel universo de pantanos, en diferentes étnicas y lenguas, en un estado de total primitivismo que podría fácilmente denominarse "animal".

Persiguiendo la posibilidad de descubrir y conocer estas tribus perdidas, surgió la expedición « OLD SPICE 2000 » que quiso relacionar su marca con los anhelos de aventura de mi persona. La expedición la formaban junto a mí, Vicente Martínez Márquez, estudioso de las etnias primitivas y experto en selvas tropicales con Jorge Alfaro, que me acompañó en el descenso de la grandiosa montaña del Kinabalu en la isla de Borneo volando sobre nuestros « parapentes » en una insólita vivencia.

Tudela en Nueva Guinea

Llevábamos varios días recorriendo poblados por la costa sur de Nueva Guinea, esperando que los pequeños aviones <Twin Otter> pudieran volar por encima de estas selvas y dejarnos en Yambuike o Abemare, o en cualquier lugar del interior que existiera una mínima pista, entre las aguas y los bosques, para aterrizar.
Por fin, cuando ya Vicente y yo desesperábamos de la inmovilidad y del calor, pudimos subir a una avioneta y navegar sobre aquellas impresionantes superficies verdes, entre los ríos, sobre las nubes que cubren la visibilidad. Habíamos llegado nosotros, pero no la mayor parte de nuestro necesario bagaje.

Tuvimos que resignarnos, después de gritar airadamente a los responsables del extravío, ante la curiosidad del jefe de la policía. Desgraciadamente él no podría darnos escolta, sabiendo algo de la supuesta peligrosidad de esos seres primitivos que habitan remontando los anchos cauces de aquellos ríos, que teníamos delante: Digul, Brazza, Catalina, Eilanden, Dairan..
El misionero canadiense no era muy hablador, ocupado con sus estudios de enfermedades tropicales y especialmente de la malaria
- Sí, naturalmente que son caníbales - Le había contestado a Vicente, cuando le preguntaba sobre los <korowais>, que habitan territorios al norte de los <asmat>.

Así fue como me vi envuelto en esta expedición. Aquello verdaderamente era un infierno de calor que ni siquiera la noche atenuaba. Sudábamos alarmantemente, bebiendo agua embotellada sin parar, dentro de la mosquitera. La de Vicente, improvisada tras la pérdida del equipaje, no dejaba pasar mosquitos, pero tampoco el aire imprescindible para respirar.
Así estaban las cosas, cuando al amanecer decidimos remontar río arriba, con dos negros como improvisados guías que debían irnos presentando a otros indígenas más introducidos en aquellas regiones a las que nos dirigíamos.

Sudi, era un tipo extraño, que había vivido en Merauke, y recorría aquellos ríos no sabemos en busca de que, pero parecía servicial. Enseguida se tumbó en la larga piragua hecha con un gran tronco, víctima de las fiebres de la malaria que padecía y estuvo varias horas así. Se navegaba bien por aquel ancho río, dando vueltas y vueltas, viendo de vez en vez algún pequeño poblado en las curvas, sobre las aguas. La vegetación era inmensa y los grandes árboles llamaban mucho mi atención, pensando que podrían atenuar la fuerza del sol que calentaba sobre nuestras cabezas. Aquello era un océano de vegetación, envuelto en agua casi infinito. Vicente se tumbó también cómodamente..

Allí, nosotros sentados y ellos en cuclillas - la postura del « primate » - soy testigo de una conversación inquietante, lenta, en dos o tres lenguas, con paciencia por parte de nuestros guías, que resisten las preguntas contumaces de Vicente que no se cansa nunca y quiere saber...
Se está hablando de canibalismo, de comer carne humana, de matar a otros, pero con naturalidad, sin temor...

Aquél viaje sobre el río Catalina duró dos días. Cuando la piragua enfiló el cauce casi seco de un canal es que habíamos llegado a las proximidades de un poblado sorprendente. Tuvimos que empezar a caminar con nuestras mochilas a cuestas. Salieron a recibirnos algunas mujeres, hombres y niños, que nos ayudaron con los fardos, pero aún así era penoso vernos como nos hundíamos hasta la rodilla, en un barro marrón espeso, a punto siempre de sumergirnos en él, o de caernos.. Luego el barro volvió a ser líquido y tuvieron que rescatarnos con dos pequeñas piraguas, en las que mantener el equilibrio sin volcarlas, con mochila y todo, fue una prueba difícil. Así.. enfadados, llenos de barro, maldiciendo el calor, alcanzamos aquél curioso poblado en el que se veía orden y planificación.

Vicente y yo montamos la tienda entre la curiosidad de los indígenas, y tras abrir nuestra última lata de judías y hacernos una sopa con el hornillo de gas, nos vimos rodeados de caras negras en la noche calurosa.
Allí, nosotros sentados y ellos en cuclillas - la postura del « primate » - soy testigo de una conversación inquietante, lenta, en dos o tres lenguas, con paciencia por parte de nuestros guías, que resisten las preguntas contumaces de Vicente que no se cansa nunca y quiere saber...
Se está hablando de canibalismo, de comer carne humana, de matar a otros, pero con naturalidad, sin temor...
El que contesta es un pequeño aborigen que da muestras de alguna educación y al que los demás respetan y obedecen. A el van dirigidas todas las preguntas que Vicente hace sin descanso...
- Yo no quería comer carne humana - Sabía que estaba mal... - Así me lo habían dicho los misioneros - decía.

Danis de la Expedición Pista Central al Trikora de Papua
Danis de la Expedición Pista Central al Trikora de Papua

- No quise participar en aquel asalto a un poblado enemigo... en el que cazaron a uno de ellos y lo dieron muerte.
- Sí... lo trocearon y lo comieron... El cuerpo se descuartiza... Los sesos y las vísceras... son lo mejor. Se cocina. Así se hizo siempre.

Vicente y yo queremos llegar a una de esas aldeas, en donde están esos indígenas desnudos que viven en los árboles y que venimos buscando. El hombre respetado dice que podemos ir con él. Está a varios días de aquí en piragua, pero ahora no es imposible. Hay que caminar.. Dicen que el terreno no es malo, y que solo te hundes un poco. Este hombre respetado puede llevarnos al poblado del que se fue hace algún tiempo. Así están las cosas después de haber llegado hasta aquí.
Entonces es cuando decidimos tirar una bengala. Una vez lo hice en un poblado del Congo, cuando buscaba poblados pigmeos en el Ituri, y fue mal. La gente se asustó tanto que pudo ser peligroso. Pero hemos llegado a la conclusión de que esta gente debe de saber que somos poderosos y tenemos esta especie de arma.
La bengala blanca explota e ilumina doscientos metros de selva en la oscura noche. Las caras negras están impresionados y piden más. Pero yo con forzada seriedad me niego terminante a repetir el espectáculo. El efecto ya está logrado.

El camino naturalmente no existe. Vamos saltando de árbol en árbol, por troncos sobre la jungla, resbalándonos a cada paso... Yo soy el alpinista diestro y ágil que se mantiene en plena forma, pero no puedo seguir a estos compañeros que nos miran como si fuéramos unos completos inútiles. A cada paso nos esperan y nos protegen. Vicente va materialmente arrastrándose por encima de los troncos, apoyándose en el paciente guía que es el hombre respetado que conocimos ayer.
A las dos horas estamos con el agua y el barro a la rodilla, entre la vegetación, picados por decenas de mosquitos, caminando a tropezones, ambientados en este infierno selvático y formando parte de él.

Vicente prosigue admirable ayudado por los guías, camino de esta sorpresa que no hemos podido ni siquiera imaginar...

Cruzamos ríos por troncos en equilibrio, con el agua a la cintura, sujetándonos a las lianas. Estamos sucios, mojados, y solo quiero mantener mis dos cámaras de fotos secas. Solo pido eso. Lo demás ya no importa. Pero sabemos que podemos caer en cualquier momento a estos ríos caudalosos por los que constantemente estamos cruzando.

En varios sitios nuestros guías - y ojalá también nuestros amigos, a quienes hemos hecho algún regalo - empiezan a gritar. Sus voces parecen lenguajes que recuerdan los sonidos de las aves de esta jungla. Están avisando que nos estamos acercando. Y debemos estar ya muy próximos... Ellos están un poco nerviosos.

- ¿No serán agresivos con nosotros? – Preguntamos a nuestro guía, el indígena que nos acompaña. Mas o menos así fue la pregunta, que recibió una sonrisa por respuesta. Proseguimos curiosos y tensos hasta adivinar allá en lo alto una casa colgada de los árboles a casi quince metros de altura. Al otro lado hay otra un poco más baja y luego otra y otra...
Es un descubrimiento... En una de ellas hay varios niños que nos observan silenciosos y no responden a nuestros saludos.

P. de Tudela con dos mujeres de etnia Konwai, con collares de dientes de perro en las selvas de Nueva Guinea
P. de Tudela con dos mujeres de etnia Konwai,
con collares de dientes de perro en las selvas de Nueva Guinea

Entre casa y casa, la jungla no tiene senderos. Hay que seguir cruzando por troncos un ancho río, que posiblemente sea un canal defensivo.
Vamos hacia una casa oscura y extraordinariamente primitiva en donde hay dos mujeres y algunos niños.. Sin darme yo cuenta, absorto con las fotos que estoy haciendo, veo algunos hombres que también están allí y conversan con nuestros guías. Vicente pregunta y pregunta en esa complicada conversación, mientras yo cubierto de calor, cansancio y mosquitos, trato de fotografiar con discreción a estas gentes en su <habitat> sin molestarles...
- Si... Hemos traído un regalo al jefe...- Mejor que no esté aquí - pensamos - Se fue de cacería con tres guerreros más...

La gorra roja de OLD SPICE y el rojo de las camisetas son lo único que llama la atención a estas gentes sobre nuestras pobres y torpes personas. Yo creo que nos les interesamos nada, y son las primeras caras blancas que están viendo. Ellos se comieron, solo hace unos meses, a un misionero canadiense que se empeñó en visitar dos o tres veces este poblado. El jefe dijo que le molestaba. Le disparó la primera flecha y luego recibió cinco o seis más. Enseguida le cortaron la cabeza, que siempre es objeto de trato diferente. Luego lo descuartizaron. Lo comieron todos, mujeres y niños... Así lo han hecho siempre. Lo cuentan con sencillez, con naturalidad, sin ninguna conciencia de culpa. Se alimentan de ese otro animal que es como ellos... Por allí hay poca vida animal... excepto algunas aves.

Queremos fotografiar los cráneos. Dicen que tienen muchos, pero el del misionero lo guardan enterrado en sitio distinto. De mala gana, lo desentierran y nos lo muestran. Pero solo es un trozo, ya que rompen la cabeza para sacar los sesos. Es la corona llena de barro. No nos atrevemos a pedirles el hueso, que tras hacer varias fotografías lo vuelven a enterrar. Los hombres van desnudos, protegiéndose el <pene> con una hoja y una liana a la cintura. Las mujeres llevan unas falditas de corteza de <sagú>, el árbol que les cobija y del cual sacan una especie de harina, y en el que viven colgados sobre estos suelos permanentemente inundados, protegidos de los insectos de la malaria y quizás de esos otros poblados vecinos y rivales que de vez en vez atacan para conseguir las proteínas humanas.

"...Queremos fotografiar los cráneos. Dicen que tienen muchos, pero el del misionero lo guardan enterrado en sitio distinto. De mala gana, lo desentierran y nos lo muestran..."

La luz es muy mala para las fotografías, pero no se puede escoger. Estos aborígenes desnudos, arborícolas, caníbales, parecen <konvais>, al este de los <korowais>, y no son tan impresionantes como los <danis> de las montañas, pero estos son aún más primitivos. Hemos superado el primer temor, pero aun a pesar de los regalos, esta gente no esta acostumbrada a visitas y no son nada simpáticos. Estamos muy cansados - agotados y maltrechos - pero no nos apetece pasar aquí la noche. Ni siquiera nuestros guías nos lo han propuesto. Yo decididamente prefiero poner ríos por medio, aunque vayamos dando tumbos con el agua y el barro a la cintura, hasta montar nuevamente nuestro campamento.
La expedición estaba resultando una excepcional experiencia, y con la suerte de cara, llena de sorpresas, en la que casi todo estaba yendo bien, tras ese vuelo desde la cima del Kinabalu, allá en la lejana isla de Borneo, que me había devuelto la juventud y el optimismo.

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César Pérez de Tudela Escalando
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