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  Capítulo VI. Aconcagua. Fernando Garrido en la cima
 

Un alpinista español hasta entonces poco conocido llevaba 50 días en la cima del Aconcagua realizando una investigación sobre la resistencia a la altitud y superando un record de permanencia, que ya había logrado.

Este cronista que les habla, en ese año de 1986, llevaba la dirección del programa de seguridad y salvamento en las montañas españolas de la Dirección General de Protección Civil para el Estado Español y los cursos para la enseñanza del salvamento para bomberos. La agencia EFE estimó que la supervivencia de Garrido era noticia y me encargó realizarle una entrevista en la cima. Hacer periodismo de esa altura me pareció una idea importante. Era la entrevista periodística más alta realizada.

Me trasladé a Argentina, llegué a Mendoza y en el camino hacia Puente del Inca fui recordando mis extraordinarias experiencias pasadas en esta montaña que pudo ser mi tumba y de cuyo cementerio me lleve la pequeña lápida que el consulado español había encargado para mi recuerdo. Había estado en la cima en dos ocasiones anteriores, una acompañado del italiano Walter Bonatti y otra completamente solo, sin nadie en aquellos paramos que pudieran atenuar la sensación de soledad.

En esa expedición con objetivo periodístico, yo tenía que escalar la montaña llegar a la cima y hacer un reportaje a Fernando Garrido. Nada más ni menos.

Como muchos de los oyentes saben la altitud requiere aclimatación, permanencia en las alturas, descenso y vuelta a subir. Pero en mi caso he de decirles que tanto en mi primera como en mi segunda ascensión y en todas las montañas que hasta entonces había escalado siempre subí por derecho, a veces lentamente, pero siempre seguido hacia la cima. Mi primera ascensión fue un acontecimiento popular en España y en la Argentina. Era el año 1970, en el mes de febrero, y en lugar de descender por la ruta que había subido, con la mente oscurecida por la altitud, posiblemente por el precipitado ascenso, bajé por la vertiente suroeste, por la llamada ruta de los polacos, que nadie había vuelto a pisar desde el año 1934, y estuve varios días y noches sin parar, sin dormir y sin comer, sin saco de dormir, viviendo una aventura extrema de la que ya me daban por muerto y desaparecido y de la que otro día les contaré.

Estaba diciéndoles que había llegado al Aconcagua con la idea y el encargo de hacer un reportaje sobre Fernando Garrido que era esos días una noticia internacional, al resistir más de 50 días ( llegó a estar 66 a casi 7.000 m.) en la cima del Aconcagua.

Todo era distinto en el Aconcagua a como yo lo había conocido veinte años antes. Cruzar el río de Horcones ( Ahora tiene puente) fue una de las máximas dificultades que viví ante el peligro de ser arrastrado por la corriente, al saltar su cauce a veces, según temporadas y horas, de aguas muy tumultuosas. Me fui acercando a la altura lentamente hasta llegar a plaza de Mulas, en donde ya existía un hotel a 4.000 metros que daba una protección adicional a aquellos terrenos en otros tiempos totalmente desolados y sin gente. Todo era más fácil que en el pasado.
En el pequeño refugio pasé aquella noche oyendo a un japonés contar la muerte de su compañero que había fallecido en la cima, victima de la altitud y del deterioro físico, tras escalar la difícil y larga pared sur.
Proseguí al día siguiente hacia el viejo refugio Antártida argentina, el que encontré totalmente destruido. Pase en sus ruinas una dura noche de frío y decidí regresar nuevamente a Plaza de Mulas para reponerme.
Dos días después reanudé completamente solo la ascensión. Me refugie a 5. 800 en el refugio Berlín, en una pequeña cabaña, en donde había dormido con Bonatti en 1971, y en 1972 en mi ascensión solitaria en toda la montaña y en sus extensos alrededores.
Pase por el collado bajo las Canaletas, me desvié hacia la derecha evitando las caídas de piedras, escalando por unas pequeñas aristas más verticales.

Allí fue en donde viví una experiencia que narré en alguno de mis libros:

De pronto me sentí sin fuerzas, exhausto y próximo a la muerte.

Me resigné a morir allí, y me adormecí extenuado sobre una minúscula repisa. Antes pedí a mis amigos muertos que intercedieran en mi ayuda.
Y recuerdo perfectamente que recordaba a Fernando Martínez muerto en el Monte Sarmiento, a Pedro Ramos compañero de escaladas en los años finales de la década de los “60”, y otras personas queridas y valoradas por mi.
En aquella ocasión he de confesar que me encontraba sumido en el inconsciente, envuelto en ese túnel negro del que a veces se habla y que yo veía por primera vez, a pesar de haber muerto, o estado muy cerca en otras memorables ocasiones de mi singular existencia. El túnel y la sensación de oscuridad poco a poco tenían salida, y así me fui despertando de mi letargo mortal y me fui levantando y renacieron mis fuerzas.
Terminé la ascensión y me volvió a sorprender el gran precipicio de la pared sur, verdaderamente sobrecogedor.
Llegué a la cima y me puse a llamar a voces a Fernando Garrido, que a su vez me contesto indicándome en donde se encontraba.
Estaba al lado de su pequeña tienda, bajo la cima protegido del viento.
Fui hacia él y nos dimos un abrazo. Recuerdo que me dijo que yo era para él en su infancia una especie de Guerrero del Antifaz. Lo que me gustó. Le conté cual era mi misión, hice varias fotografías de su persona y me invitó a entrar en su tienda, que olía mal; me preparó un café en una fiambrera muy sucia, y empezamos a grabar una entrevista en un “casette” que el tenía, de las de entonces que es un documento único.
Mis preguntas eran largas y mis palabras tenían un sonido de voz especial, igual que las respuestas de Garrido.
Fue una larga tarde que se prolongó por la noche.
He mirado mi libro Crónica Alpina de España y mirando en la pag. 355 he leído:
“Me permito transcribir alguno de los párrafos del libro de Garrido, “7.000 m. Diario de una supervivencia”

Dice así:

“Día 5 de febrero, día 54 en la cumbre del Aconcagua. Hoy como otras veces me he despertado con la sensación de que había alguien fuera, junto a la tienda...¿Ha pasado allí toda la noche? ¿Y porqué no me habrá llamado para que lo dejase entrar? ¿Y porqué no me llama ahora? Tal vez ha dormido acurrucado junto a mi tienda tratando de obtener algo de calor. Debo salir para decirle que tengo una taza de té caliente para él... Salgo de la tienda y me siento ligero y poderoso... el sueño me ha dado nuevas fuerzas... ¡Pero aquí hay una mochila, una mochila de alguien!...¡Y hay una persona acurrucada junto a mi tienda!... ¡Es mi hermano, mi hermano Javier!...”

Apoyé mi espalda en su tienda, cuya tela estaba cubierta por una capa de hielo y me metí en un saco que Garrido me ofreció. Estuvimos comiendo almendras que mi hija Paula me había comprado y que me servían de unión al mundo tan lejano que quedaba tan abajo... mientras conversábamos

Aquella conversación grabada fue un documento único que tenían que haber analizado psicopatólogos, psiquiatras y otros estudiosos. Yo puse algunos fragmentos en RNE y la gente recuerdo que llamaba impresionada al escuchar el tono de las voces, que sonaban misteriosas con un tono distinto a las normales.

Hablábamos como si ya no tuviéramos ninguna relación con la Tierra, como los místicos, sin salvaguarda, sin ese autocontrol que nos inhibe y que sin darnos cuenta siempre tenemos. Estábamos en el espacio, y nuestra relación con la Tierra quedaba muy lejana. Era la libertad absoluta de expresión, totalmente imposible en la Tierra, libres psicológicamente y con plena autonomía en nuestras expresiones.
Mis preguntas eran largas y yo mismo me las respondía a veces por Garrido, y éste contaba sus sufrimientos en tantos días de permanencia en la cima a casi 7.000 metros de altura.
Contó que había tenido un sueño terrible. Un sueño que le tenía completamente preocupado y obsesionado a pesar de haberlo tenido días pasados:
“Había visto el cuerpo de su hermano menor muerto”.
Y esa visión no había podido apartarla de su cabeza.
Yo había estudiado algo sobre las situaciones hipnagógicas de la altitud, en la que a causa de la hipoxia la mente imagina y ve lo que no existe, o ve lo que puede existir y no vemos, mezclándose los sueños con la realidad, y las alucinaciones con los ensueños.
Así victima de esa situación hipnagógica había bajado yo por los precipicios de la vertiente SO del Aconcagua, entre alucinaciones durante cinco días, y así también recuerdo un sueño trágico que tuve durante mi tentativa solitaria al Annapurna en 1973.
El sueño de Garrido curiosamente fue, o pudo ser, y ahí está el misterio que la altitud puede comportar, un anuncio, una premonición o una advertencia del terrible suceso del que fueron victimas mortales sus padres, unos meses después de su regreso a España. (También pudo ser una casualidad, pero he vivido ya tantas experiencias sobrenaturales y que me inclino a pensar en lo primero).
Murió su padre, el general Garrido, gobernador en San Sebastián, su madre y su hermano pequeño, al explotar una bomba en el automóvil oficial. Y esa visión terrible y horrenda la tuvo parcialmente Garrido en un sueño en la cumbre del Aconcagua varios meses antes.

Descendí del Aconcagua impresionado de aquella noche en la altura, en la que habíamos hablado de tantos deseos e ilusiones comunes, totalmente al margen del positivismo de la existencia.

Regresé a Madrid inmediatamente, para proseguir con mis obligaciones, entonces en la Dirección General de Protección Civil (en temas de socorro que apasionaban, o preparando a los bomberos españoles para el salvamento en montaña) pero durante una semana parecía que aún estaba en aquellas regiones altas, en las que la mente se disocia del cuerpo, igual que había leído en los poemas místicos.
Entregué el reportaje en la Agencia EFE a mi amigo Llados Sort, entonces jefe de los Servicios Especiales y la Revista HOLA lo publicó seguidamente en rigurosa exclusiva.

 
   
César Pérez de Tudela Escalando
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