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RELATOS / UNA ÚLTIMA AVENTURA
 
 
 

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Los volcanes de la Tierra
Una última aventura

No sé cómo a estas alturas de mi vida  fatigosa y siempre fascinante, he podido comprometerme a realizar la ascensión y en algunos casos primera exploración, en las regiones más remotas de la Tierra, de los Trece Volcanes más sobresalientes y activos. Es cierto que los volcanes son las montañas más vivas y espectaculares y que sus conos, muchos de ellos muy altos y difíciles, han configurado la geografía y la cultura de muchas regiones del planeta. Como muchas otras montañas los volcanes son efigies sagradas a las que muchas religiones (budistas, hinduístas y otras) rinden  gloria de deidades.

Creo ser uno de los exploradores alpinos que más volcanes ha escalado en la Tierra en muchas de sus latitudes. Desde los altos volcanes mexicanos Popocatepelt y Citlatepelt, la segunda montaña más alta de norteamérica, Cotopaxi, el más alto de los volcanes activos, casi 6.000 metros, en dónde realice la primera exploración de su cráter, adelantándome a expediciones que llevaban una década de tentativas (La exploración del Cotopaxi, Edt. Everest 1980). Los Ilinizas, el Cayambe, Cotacachi, y la locura del Sangay en los páramos amazónicos, de 5.400 metros, en permanente erupción, dónde sufrí la angustia de vivir la tensión sofocante de la muerte. De los volcanes de Ecuador a los volcanes de los Andes patagónicos: Rucapillán, Villarrica, Lanín. En África escalé el Nyragongo cuando su cráter era un lago de lava ardiente y años después viendo como se había transformado en un hoyo de profundidad aterradora.

En Filipinas, junto a Jorge Alfaro, ilustre parapentista de la aventura, visité sus más altos volcanes, sufriendo un “tifón” en el borde del cráter abierto del Mayón de Albay, desde donde pretendía salir volando en parapente. Exploré por el norte y por el sur el misterioso Pinatubo,  al norte de Manila, y en Mindanao subí al más alto de las islas: el Apo.  En Indonesia estuve en el Ridjani, en  Loombok y en Balí en el agotador Agung, un cono que se pierde entre las nubes. Ascendí al Kinabalu, el más alto de Borneo y descendí volando en “parapente” por primera vez, delante de los equipos franceses y  austriacos que lo intentaban.

Volcán

Mi proyecto Trece Volcanes, entre trámites de patrocinios, en manos de representantes, está siendo una larga aventura llena de vivencias que quiero trasmitir. Poder comunicar a la gente cómo es la Tierra en sus confines más lejanos y sorprendentes, constituye para mí un deber tanto como una pasión. Estoy procurando registrar en fotografías y en imágenes para televisión, la soberbia experiencia de ser, ojalá, el primero en conseguir este proyecto para la comunidad internacional. “Ser mayor es haber renunciado a la aventura” . Y yo no debo entrar en  esa calificación cronológica que la sociedad utiliza despectivamente. Ser joven es estar abierto al estímulo de la sorpresa y dispuesto a sobrellevar el descomunal esfuerzo, entre el escalofrío del riesgo, factor condicionante de la vida útil.
 
Estos días pasados como si se tratara de un anticipo a mi aventura próxima, Editores, Lunwerg, Barcelona y Madrid, han publicado un extraordinario libro titulado “Los volcanes y los hombres” de Philippe Bourseiller y Jacques Durieux. El libro de gran formato incluye espléndidas fotografías de volcanes a lo largo y ancho de la Tierra, y  acompaña  textos técnicos de vulcanólogos ilustres, muchos de los cuales nunca han vivido la emoción de recorrer por sí mismos la dura y espectacular aventura. Sea bienvenido un libro que viene a llenar un vacío importante en la divulgación de esta Tierra desconocida que constituye nuestro solar y nuestra patria y que tantos miles de miradas atraerá en estos años.

Mientras este cronista de la vida alta seguirá tratando de llegar al volcán Emi Kusi, en la región prácticamente desconocida del Tibesti, en el centro del Sahara oriental, escalando el  Bezymianny o el Klyuchevskaya de la península siberiana de Kamchatka, la ascensión exótica y difícil del Mikeno o del Karisimbi, en el parque de Virunga congoleño o emprendiendo la escalada del mítico volcán Erebús, en tierras antárticas, la altiva montaña de fuego, cubierta de hielo, que los navegantes rodeaban con temor reverencial. Entre medias como si fuera un descanso, podré llegar al borde cimero del Rainer en las Rocosas americanas, del Nevado del Ruiz en Colombia, del Tunguragua en Ecuador, del Fujiyama y Amasamaya en Japón, y naturalmente qué podré coronar sin demasiado esfuerzo el espectáculo grandioso del Etna, del Vesubio y del Stromboli en la vieja Italia.

Viajar es vivir, lo dijo Ortega, ese pensador que fue la cabeza del siglo XX. Aunque el viaje sea siempre renovador también requiere la inconsciencia de los adolescentes, que como los poetas guardan celosas virtudes repletas de esencias.

Hay que anotar la experiencia vivida para contarla y convertirla en Historia. La que contribuye a expandir el espíritu universal de gloria y humildad. Viajar es ser fiel a la vida para poder construir la literatura como vehículo permanente de comunicación entre los hombres. La vida no es un problema, es sólo experimentar un misterio.
 

Por ello este cronista de su propia vida,  que ahora les escribe,  quiere todavía, y apurando el vino amargo y sin embargo espléndido que embriaga, vivir con los cinco sentidos que diría L. Racionero, la última y la primera exploración de los Trece Volcanes activos y sobresalientes de la tierra,  para sentir la satisfacción de volver a sobreponerme al miedo, a las dudas y reafirmarme en que “Ser mayor es saber que la aventura ya no es posible”.

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César Pérez de Tudela Escalando
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